Charlas en el cerrillo quiere ser un lugar de encuentro para todos aquellos interesados en la palabra escrita. Aquí tendrán cabida ideas, pensamientos, opiniones, anécdotas y relatos. Porque muchas veces las ideas más acertadas, los pensamientos más ingeniosos, las opiniones más certeras y las anécdotas más divertidas acaban perdiéndose por no tener un foro donde ponerse negro sobre blanco. También los relatos, cuando no se dispone de editor, terminan arrinconados en un cajón, razón por la cual muchas buenas historias jamás serán leídas.

jueves, 3 de mayo de 2012

La viajera


Iba a cumplir siete años, y era feliz en mi ignorancia, cuando padre anunció que se marchaba.  Lloré desconsoladamente durante una semana y no quise creer a madre, que insistía en un pronto regreso pero, como suele ocurrir con las querencias infantiles, el amor filial se transformó en resentimiento, terminé depositando todo mi cariño en madre y en María Isabel, mi primera maestra. 
El invierno transcurría aburrido, sin sobresaltos.  Asistía al colegio ilusionada porque empezaba a reconocer letras y palabras, ayudaba a madre con la pequeña María, que gateaba con agilidad y no paraba quieta ni un momento, jugaba en la calle con Eugenia y Felisa, vecinas y amigas, cuando no hacía demasiado frío y lloraba, seguía llorando a  escondidas, la ausencia de padre.
Un día, doña María Isabel, como nos obligaba a llamarla, nos reunió en un aparte a Eugenia, Felisa, Manolo el seboso, el hijo del tendero, Carlitos y a mí, para informarnos que todos los sábados por la tarde, hasta nuevo aviso, teníamos que acudir a la iglesia para aprender Catecismo.  Ignoraba qué era eso del catecismo, pero tenía tanta sed de conocimiento que me inicié con ilusión.  Luego, de mayor, empecé a pensar, y me desilusioné.  Sin embargo, a los siete años cualquier posibilidad de conocimiento despertaba mi interés.  Don Anselmo, el párroco, relataba las vidas de los santos con tanto lujo de detalles que las convertía en amenas por despiadadas, aquellos hombres y mujeres que morían descuartizados, quemados en la parrilla, asaeteados, devorados por fieras o con los pechos arrancados con tenazas, sufrían sus tormentos con entereza en defensa de la fe y para reafirmar el poder de Dios.  Inculcaba el temor divino y la fe en Cristo, el hijo de Dios hecho hombre.  Nunca entendí ni el misterio de la Trinidad ni otros dogmas de fe, pero algo más que Manolo el seboso sí comprendí.  Fernando el seboso junto a Carlitos consagraron a saquear la Sacristía para beberse el vino de misa, un vino dulce muy rico, y comerse las hostias sin consagrar que el cura guardaba en un caja de galletas, hostias que se pegaban en el cielo de la boca y había que ser muy diestro para despegarlas sin ayuda de un dedo.  Cuando fueron descubiertos juraron no haberlo hecho, negación que, según don Anselmo, constituía pecado mortal.  Mi imaginación no pudo sustraerse a la idea de los dos niños achicharrándose en las del brasas averno.  
De las charlas sabatinas extraje pocas conclusiones y muchos tabúes que me han perseguido desde entonces, y una molesta preocupación a morir en pecado y quemarme en la hoguera de Pedro Botero.  Ese miedo, aunque pensaba tenerlo controlado, como la represión interior, me asalta todavía hoy a los treinta y seis años, aunque consigo controlar los deseos de entrar en la iglesia más cercana y compartir mis faltas en el confesionario.
Cierto día, mientras escuchaba con los ojos cerrados las amenazas del hombre que tenía la misión de explicarnos las bondades de la fe, mi primo Andresín entró en el templo gritando y sudando como un poseso, casi igual a como yo imaginaba la entrada de Jesús en el mercado.  Todos nos asustamos, incluso don Anselmo dio un respingo, al parecer carecía del deseo de santidad.  Debió sorprenderle su humanidad porque reaccionó amenazándonos a todos con el infierno por haber roto el recogimiento del templo y habernos abandonado a la risa sana.  Andresín me buscaba con la mirada desde el pasillo central, mientras gritaba que mi padre había vuelto.  Y yo, sin escuchar al cura, que me señalaba con el índice acusador, mostraba la altura de las llamas eternas, y advertía sobre la divina represalia si no me sentaba hasta el final de la catequesis, salí corriendo como alma que lleva en diablo, nunca mejor dicho, dejándole con la palabra de Dios en la boca y con cara de incrédulo.
No podía ser, padre había regresado de la ciudad.  No sabía de cual, pero tampoco importaba.  Me abracé a su cintura con todas mis fuerzas y me negué a soltarle para evitar que se marchara otra vez, era tanta la fuerza con la que me aferraba a padre que dormí en la cama con él y con madre, la fuerza me la proporcionaba la desconfianza de que la suya no fuera una visita rápida, como las de don Julián, el médico.  Nadie consiguió separarnos. 
Trajo regalos para todos.  Para María una muñeca más grande que ella, para Andresín un buzo, un boxeador y un futbolista de plástico, que fueron la envidia de todos los niños del pueblo durante meses, y para mí unos zapatos de charol y un vestido de primera comunión.  Un vestido de organdí blanco suizo que madre y abuela tuvieron que transformar para que no pareciera una sábana almidonada sobrepuesta con torpeza sobre mi cuerpo de niña.  Los zapatos de charol también resultaron demasiado grandes para pies tan escasos. ¡Estos hombres! suspiró abuela. Fue necesario rellenar la puntera con algodón para poder calzarlos el día señalado.  A madre no sé qué le regaló pero durante días ella lució una sonrisa bobalicona.
Al día después de la comunión no regresé a la escuela.  Madre me levantó de noche.  Padre y tío Cristóbal, el padre de Andresín, junto a la lumbre, hablaban en voz queda, cuando entré, adormilada y gruñendo por lo temprano de la hora, sonrieron abiertamente, mostrando unos dientes amarillos por el tabaco.  Tío Cristóbal nos acompañó hasta la viajera cargado de bultos, se despidió de padre con lágrimas en los ojos, y a María, que dormía plácidamente en brazos de madre, y a mí nos beso como temiendo un reencuentro lejano.
Dormí durante todo el trayecto del desvencijado autocar que nos llevó hasta la ciudad.  Desperté cuando aparcaba dentro de la cochera.  Nunca antes había visto tanta algarabía, tantos coches grandes, medianos y pequeños, ni tanta gente diferente cargando cajas, maletas y bultos informes, todos ellos hablando a gritos y moviéndose como si el fin del mundo estuviera próximo.  En la cochera aguardaba el tío Paco, que vivía en la ciudad desde que se peleo con abuela por un asunto de faldas, y que nos ayudó a trasladar los bultos hasta el otro extremo de la ciudad.  El tío Paco era joven y muy guapo y a mí siempre me hacía reír.  Yo le quería mucho pero madre nunca le hablaba, no sé por qué, con lo divertido que era.  La caminata fue muy larga y  cansada pero, finalmente, llegamos a la estación del tren.  Si la cochera de los autobuses me impresionó por su grandeza, la estación de ferrocarril me sorprendió porque en ese momento entendí el chiste infantil: ¿por dónde pasa el tren?  Por la vía.  Calla tonto que ya lo sabía.  No era ni más grande ni más pequeña, era diferente.  Como nunca antes había salido del pueblo, todo resultaba novedoso y mis cinco sentidos se debatían intentando captar todo lo que quedaba a su alcance, desde el vuelo de una mosca hasta el mozo de cuerda que acarreaba paquetes de aquí para allá, mientras vociferaba para que le dejaran campo libre, y cuyo rostro me resultaba conocido.
Esperamos muchas horas sentados sobre nuestras cosas hasta que llegó el tren que esperábamos.  Desconocía nuestro destino y tampoco pregunté, no pregunté nada aunque moría de ganas por conocer hasta el último detalle de todo cuanto veían mis ojos, de todo cuanto oían mis oídos, de todo cuanto entraba por mi nariz, de todo cuanto rozaba mi piel, de todo lo que paladeaba mi lengua, pero temía distraerme y perderme algo esencial.  Estaba tan impresionada por las novedades que no pronuncié palabra, yo que siempre tuve fama de vivaracha y pizpireta.  Estaba absorta en el nuevo mundo que se me ofrecía y no me importaba ni el tiempo ni el destino.  Encandilada, escrutaba todo con suma atención, sin perder detalle. 
Los asientos del tren eran de madera, pero eso tampoco supuso un problema, ni siquiera llegué a sentarme, caí rendida sobre la falda de madre a altas horas de la noche, mecida con el tracatrá del borreguero, un tren que se detenía en todas y cada una de las estaciones y apeaderos del recorrido para recoger a más hombres, mujeres y niños tan parecidos a nosotros que sólo se diferenciaban por los parches en los trajes de pana. 
Se adivinaba el alba cuando padre me despertó y nos hizo bajar del tren.  Estaba muy nervioso y chillaba por cualquier cosa.  Yo recibí su mal humor en forma de pescozón porque había dejado caer una caja primorosamente envuelta.  No lloré porque no me hizo daño, pero me dio tanta rabia que por un rato dejé de quererle como le quería desde su vuelta a casa.   Antes de que termináramos de bajar, el convoy reinició la marcha y padre, que todavía estaba arriba, saltó ágilmente para no dejarnos solas en un lugar desconocido.  Dijo una palabrota, que no voy a repetir, y un señor vestido de verde y armado con un fusil le llamó la atención, que yo lo oí, padre juró en arameo cuando el del fusil se alejó, pero esta vez maldijo bajito, por poco no le oigo.
No comprendía porqué permanecíamos en la estación si habíamos llegado.  Pero estaba equivocada.  No habíamos llegado.  Madre sacó la merendera con el chorizo, los huevos duros, la tortilla de patatas primorosamente cortada en tacos y cenamos todos.  Padre hizo circular la bota de vino y un señor, que esperaba a nuestro lado, nos ofreció queso.  Yo no quise porque estaba en aceite y a mí me gustaba el queso fresco que madre me ofrecía antes de apretar la cincha de esparto y guardarlos en la cámara para que secara. 
Estaba inquiera y nerviosa y, aunque los  párpados me pesaban y los ojos se me cerraban, no quería dormir.  Al final ocurrió, claro.  Me despertó madre cuando padre, ya subido en otro tren más largo que el anterior, gritaba asomado a una ventanilla por la que subimos bultos, cajas y niñas.  Nos instalamos en un compartimiento abarrotado, porque padre había sido previsor y había pagado reserva, aunque él hizo todo el trayecto de pie, en el pasillo, junto a otros hombres, a veces, cuando le buscaba, no era capaz de distinguirle entre los otros.  Yo fui y vine hasta acabar dormida en brazos de una señora que dijo ser sevillana y que tenía una voz alegre y cantarina.
Con el primer rayo de sol que se posó en mis ojos desperté y no volví a cerrarlos hasta muchas horas después.  De pronto se habían acabado las inmensas llanuras terrosas y la línea azulada y ondulante del horizonte que padre dijo que eran montañas lejanas.  Por la ventanilla entraba ahora otra llanura, esta azul, un azul intenso sin horizonte.  Mira, hija, el mar, dijo padre con los codos apoyados sobre el cristal de la ventanilla.  Sin embargo, antes de ver el agua, noté la sal en el paladar sin saber qué era ese sabor extraño y maravilloso, ¿cómo reconocer la inmensidad y grandeza de lo desconocido?  Una gran sorpresa para mis siete años y medio.  Nunca había visto tanta agua junta.  Ni siquiera la charca más grande del río, la del Burro, que casi se secaba durante el verano, podía comparársele.  Mira, mira, mira, gritaba señalando al horizonte, deseaba que todos los viajeros sintieran la misma emoción que yo.  Hubo quien miró, desangeladamente, los más siguieron buceando en sus pensamientos.
El final del trayecto no lo recuerdo, sé lo que me han contado, pero eso no viene ahora al caso.  
Desde ese primer viaje mi destino quedó marcado por el tren.   En la adolescencia viajaba para asistir al instituto.  Ahora, en la edad adulta, por trabajo.  Sueño con hacer un gran viaje en tren, y sin embargo, contra toda lógica, los grandes viajes los realizo siempre en avión.  Será porque la falta de tiempo me supera y quiero conocer mucho en poco tiempo.  El avión ha hecho el mundo pequeño y eso beneficia mi instinto viajero.  Sin la ayuda del pájaro metálico nunca habría conocido culturas tan diferentes y tan lejanas como las que he conocido.  Pero sigo soñando con disponer del tiempo suficiente para realizar un largo viaje en tren, un viaje lento y tranquilo que me acerque a las gentes y a las culturas de verdad.  Tampoco tiene porqué ser un recorrido mítico como el Transiberiano, el Orient Express, Indian Pacífic ni el Tren a Las Nubes, pero sí un viaje relajante y tranquilo.  Mientras llega el día, seguiré viajando subiendo al cercanías mañana y tarde.
Un día, cuando me jubile, realizaré el viaje que me espera detrás de un sueño.  Algún día seré la viajera del tren de mis sueños.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Doña Ana

Digamos que el marketing no es la asignatura mejor resuelta por el Presidente del gobierno. No sólo porque el apellido de la ministra de sanidad parezca una amenaza para los enfermos crónicos, jubilados, extranjeros sin papeles y personas sin empleo en general sino porque padece ceguera selectiva: dijo que no había visto el cochazo que alguien muy generoso había regalado a su ex marido. O doña Ana es ciega o nos toma por tontos. Porque a mi me regalan un coche de lujo y saco a pasear en él a todos mis conocidos, más que nada por alardear de poderío.
Tampoco puede presumir de otra cosa que de llevar la sanidad española hacia la privatización. Un camino de no retorno con el que algunos se llenarán los bolsillos y la gran mayoría se empobrecerá. La buena señora quiere explicarse pero no consigue que nadie la entienda, posiblemente porque no habla claro para no asustarnos más de lo que ya estamos.
La sanidad es cara, dicen. Pero más cara resultará cuando la privaticen, entonces solamente podrán pagársela quienes tengan dinero, los pobres enfermarán y morirán como siempre lo habían hecho, desatendidos. Durante unas décadas tuvimos la impresión de ser todos iguales en la enfermedad, pero esa ilusión ha llegado a su fin. La señora Mato ha venido a recordarnos que todavía hay clases, que la vida va a depender del poder adquisitivo, de los orígenes y de la influencia que uno tenga.
En Cataluña, donde los recortes en sanidad vienen realizándose desde hace tiempo, el año pasado se abrió un quirófano cerrado al público en general para intervenir a uno de los padres de la Constitución, ¿se habría hecho lo mismo por una persona sin su curriculum y sin recursos? Contéstate tú mismo.
La sanidad no debería ser un negocio, porque negociar con la salud de los demás resulta ruin. Mejorar la calidad de vida de las persona es un deber de todo gobernante porque, aunque parezca contradictorio, ayuda al ahorro. Algunos medicamentos ayudan a evitar complicaciones que precisan ingresos hospitalarios que terminan encareciendo el tratamiento muchísimo más. Mucho me temo que el problema no sea tanto a quién, cómo y cuándo se cura como la forma de hacerlo.
El debate que nadie quiere iniciar es el cambio de modelo: sanidad pública versus sanidad privada. He ahí el quid de la cuestión. Es demasiado suculento el pastel como para no darle un bocado. Si la dejamos en manos de aseguradoras y gestores privados, el gasto será más elevado y la atención no mejorará, pero tendremos la sensación de estar infinitamente mejor cuidados, sobre todo los que no la necesitemos, porque nos atenderán rápido y bien siempre que lo cubra la póliza contratada, en caso contrario tendremos que acudir a la beneficencia, como antaño. Si seguimos con el modelo actual, los lobbys sanitarios tendrán que seguir conformándose con quienes temen acudir al hospital y esperar su turno para que al final les atienda "cualquier" médico de mierda y no el mejor especialista del país, como ellos se merecen, porque pagan sus impuestos, impuestos que deberían ahorrarse porque sólo sirven para atender a extranjeros sin papeles que practican el turismo sanitario, razonamiento de adulto joven y sano.
Si se hubiera abierto ese debate antes de las elecciones del 20N podrían sentirse legitimados para cambiar el sistema sanitario, pero hacerlo después de negarlo tantas veces, antes y durante la campaña electoral, suena a traición más que a mentira. 
Tal vez deberían releerse la Constitución, en su Artº 43: 
2. Compete a los poderes públicos organizar y tutelar la salud pública a través de medidas preventivas y de las prestaciones y servicios necesarios. La Ley establecerá los derechos y deberes de todos al respecto, 
y la ley General de sanidad en su Artº 3:
1. Los medios y actuaciones del sistema sanitario estarán orientados prioritariamente a la promoción de la salud y a la prevención de las enfermedades.
2. La asistencia sanitaria pública se extenderá a toda la población española.
El acceso y las prestaciones sanitarias se realizarán en condiciones de igualdad efectiva.
3. La política de salud estará orientada a la superación de los desequilibrios territoriales y sociales.
O, en todo caso, convocar un Referendum donde todos tengamos la oportunidad de decidir el modelo sanitario que más nos interese.

martes, 1 de mayo de 2012

La luz en el túnel

Parece que los malos gestores de la crisis que nos asfixia desde 2008 están empezando a plantearse la necesidad de cambiar el rumbo de su política económica. Queda más que demostrado que los recortes, como única medida, son insuficientes y producen un mayor déficit porque contraen el gasto de las familias y, con él, la producción industrial.
Resulta vergonzoso escuchar a los salvadores de Italia, Grecia y Portugal, después de haber hundido sus respectivas economías, depositar sus esperanzas de recuperación en el candidato socialista a la presidencia francesa: François Hollande, quien promete cambiar la política económica que viene imponiendo Alemania.  La necesidad de controlar el gasto parece evidente, pero lo que no puede nunca abandonarse es el incentivo a la creación de empleo para lo cual se necesita la inversión pública. Claro que esa inversión tiene que ser controlada para evitar el despilfarro.
Destacados economistas advierten que se ha convertido en una necesidad imperiosa que los estados promuevan y financien las políticas económicas destinadas a la reactivación y a la generación de puestos de trabajo para aumentar los ingresos vía impuestos, de no hacerlo pronto, el desplome y la recesión será inevitable.
La consecuencia más evidente de la mala gestión de la crisis llevada a cabo durante estos cuatro años ha sido el empobrecimiento de las clases medias y bajas y el enriquecimiento de las clases elevadas: los pobres son más pobres y los ricos más ricos. De hecho, la venta de artículos de superlujo: casas, coches, obras de arte, joyas, etc, entre las clases pudientes ha aumentado, mientras que el consumo de productos básicos entre las clases más populares ha descendido hasta límites de consumo de los años ochenta. Por tanto, la manera más evidente de relanzar la economía consiste en generar empleo y en fiscalizar el gasto, no en imponer nuevas medidas de ajuste sobre las clases más desfavorecidas.
Que la derecha española llevaba muchos años esperando una oportunidad como la que le ha brindado la crisis económica actual es evidente.  Está deshaciendo todo lo construido hasta ahora a un ritmo frenético, alguien ha dicho que parece un "golpe de estado incruento" y no parece ir desencaminado.  Porque mientras el centro izquierda duda para aplicar políticas sociales, y a veces termina postponiéndolas; la derecha destruye los logros sociales que no les favorece con la velocidad del rayo, y no pasa nada, incluso se les aplaude desde dentro y desde fuera, y no sólo por quienes están ideológicamente próximos, también desde los profesionales independientes que anteponen su ciencia a la conciencia.
Tal vez la mejor enseñanza se proporcione en los colegios privados, seguramente la mejor medicina se practique en los hospitales privados, pero los defensores de ese tipo de educación y medicina olvidan que tanto los colegios privados, como las clínicas privadas funcionan a base de subvenciones del erario público, que con una parte importante de nuestros impuestos subvencionamos los colegios, los hospitales, los maestros y los médicos que se ocupan de su enseñanza y su salud. Y, sin embargo, nadie ha hablado de recortar esas subvenciones, de retirarlas incluso, para salvar los sistemas nacionales de educación y sanidad. Tal vez porque no estamos hablando de una crisis sino de una estafa bien planificada y mejor ejecutada.

martes, 24 de abril de 2012

¡¡¡A las retalladas!!!

Van a por todo. El primer gobierno del PP, liderado por José María Aznar, inició el cambio de sistema económico imperante en nuestro país desde la llegada de la democracia vendiendo todas las empresas públicas que tenían beneficios, y ahora, el dirigido por Mariano Rajoy pretende deshacerse de las dos joyas de la corona: educación y sanidad.
Alguien puede pensar que tanto la una como la otra son empresas ruinosas, pero se equivoca. Volver a la educación privada garantiza los derechos de una clase durante unas generaciones, y la salud es desde siempre un gran negocio en todos los países donde las aseguradoras tienen el monopolio de la sanidad.
No nos engañemos. Las sanidad española, con sus deficiencias, que las tenía, era una de las mejores del mundo porque era universal y "gratuita", aunque la gratuidad no era tal porque se pagaba con los impuestos de todos los contribuyentes, ¿cómo será cuando acabe la Legislatura? Ahora pretenden hacernos creer que es imposible seguir soportando el gasto porque de esa manera todos estaremos dispuestos a arrimar el hombro. Sin embargo, mientras se dilapidan cientos de millones de euros en obras faraónicas, en misiones de paz que parecen imposiciones de occidentalidad, se subvenciona la Iglesia y se malgasta el dinero público, se escatima en los dos pilares que nos igualaban a ricos y pobres: sanidad y educación.
Don Mariano, "el recorto", incluso asegura que no lo hace por imposición, se supone que de Frau Merkel, sino por convicción, es decir, no es que responda a las peticiones del BCE, es que las lleva a cabo porque así se lo exige su ideario, ¿dónde quedan las promesas electorales?  Si responde al programa "oculto" del PP que muchos intuíamos y que algunos denunciaron abiertamente, la mentira parece evidente, pero, ay, este país no sólo no castiga a los mentirosos, les premia con más y mejores empleos. Los hay que llegan a presidir empresas, comunidades y gobiernos. Así nos va.
Ahora quieren reformar las leyes para poder enjuiciar y castigar a quienes alienten campañas contra el gobierno desde la Red, deben temer una primavera como la del Norte de África. De momento se contentan con señalar a Zapatero y a los Sindicatos de los desastres de la economía española, pero un día u otro tendrán que reconocer que sus políticas de recortes hunden más en la miseria a los trabajadores.
Si llegan a confirmarse las peores expectativas sobre las cifras que alcanzará el número de desempleados a principios del 2013 la profundidad de la crisis y la recesión será muy difícil de sobrellevar para los más necesitados. Aunque tal vez no alcancemos esa terrorífica cifra porque serán muchos los desgraciados que nos dejarán por los recortes en sanidad. ¿Qué preferirá el jubilado, que apenas llegue a final de mes, comer o medicarse? Al tiempo.
Para atajar el descontento volveremos al pan y circo de los romanos. Mientras nos distraigan con sangre sobre la arena, olvidaremos que no tenemos suficiente dinero para alimentarnos, que no podemos acudir al médico porque somos emigrantes sin papeles y que nuestros hijos no podrán estudiar en la universidad porque somos pobres.  Eso sí, nos liaremos a mamporros con el vecino por afirmar que su gladiador es más guapo, más fuerte y más resolutivo que el nuestro. ¿De verdad Franco ha muerto?

domingo, 8 de abril de 2012

¡Basta ya!

Hay que verlo para creerlo.  Cada nuevo informativo abre su edición con nuevos casos de corrupción, parece que todos los que han tenido dinero público en sus manos han terminado metiendo la mano en la caja, por eso digo: BASTA YA.
Hablar de corrupción hoy en día puede resultar tan vulgar y aburrido como hablar del tiempo con el vecino del tercero segunda cuando coincidimos en el ascensor y, como Marianico el recorto piensa devolvernos a la Edad Media y hacer de nosotros sus vasallos y siervos de la gleba, olvidemos la corrupción y busquemos la alegría donde la haya, si es que la hay.  Porque se ha instaurado entre nosotros la idea de que lo malo está por llegar y esa no parece la mejor manera de recuperar la alegría.
En el año 1000 (y en el 2000, mucho más cercano) se difundió la idea del fin del mundo y todos los hombres se pusieron a temblar, pero no, el mundo no se va a acabar, puede acabarse el modo de vida que conocemos, tal vez el hombre, pero nacerán otras formas de vida, de gobierno, de relación, no hay nada que temer.  Los que nada tienen, aunque lo pierdan todo, nada pierden.  Quienes tiemblan frente a los cambios son los que tienen algo, ellos perderían lo mucho o poco que tengan, ellos sí tienen razones para preocuparse.  Y son ellos los que quieren asustarnos a todos, pero la única lucha que no podemos, que no debemos perder es la de la alegría.  No hay nada más terrorífico que ver a los desamparados del mundo reírse de su realidad y de su futuro.
En el Crash de 1929, quienes se suicidaban eran los ricos que perdían su capital, los pobres preferían emigrar a California, donde cabía la esperanza de recuperar la autoestima.
Así que riamos.  Tenemos que reírnos del Yernísimo, de los aeropuertos sin aviones, de los recortes en Sanidad y Educación, de los porrazos de la Policía en Valencia, de la trama Gurtel, de los ERES andaluces, de los discursos populistas de Esperanza, de la reforma laboral que impone el despido libre y barato, de la corrupción generalizada, y del futuro que nos espera.
Riamos sus decretos y sus leyes, riamos sus recortes y sus temores, si no tenemos NADA, nada perdemos.  Si nos quitan la alegría, la esperanza, la capacidad de reírnos de todo y de todos, habrán vencido totalmente.  No les demos esa alegría.
Dientes, dientes, eso es lo que les jode; Pantoja dixit.

sábado, 7 de abril de 2012

El arbol que impide ver el bosque

Vaya por delante la condena a toda forma de violencia, venga de donde venga y tenga la forma que tenga.
La violencia desatada por los radicales está convirtiendo la huelga general del 29M en una simple anécdota. De hecho, los informativos y los análisis políticos inciden más en los actos de esos energúmenos que se suman a cualquier manifestación, ya sea de repulsa como la huelga o de alegría como las celebraciones de su equipo favorito, y aprovechan para destrozar el material urbano y los escaparates de comercios y bancos. Esa violencia gratuita ha sido muy bien aprovechada por los tertulianos de derechas para atacar no sólo la huelga, también a Cataluña y los catalanes, y para ridiculizar a los "Mossos" por no presentar batalla, porque ni la Policía ni la Guardia Civil hubieran permitido tales desmanes.
También el Conseller de Interior, señor Felip Puig, carga contra los violentos y quiere convertir los sucesos en una kale borroka catalana, estigmatizarlos y anularlos aumentando las penas de cárcel para este tipo de actos y, para justificar su argumento, comenta que la policía "siempre" está al lado de la justicia.  Como el señor Puig es joven, no debe haber leído que, a veces, la policía está del otro lado, y en este país ha ocurrido en alguna ocasión, basta acudir a las hemerotecas.
Pero, volviendo a lo fundamental, lo importante es el rechazo masivo a la política gubernamental de ajustes y recortes presupuestarios demostrada por las concentraciones pacíficas desarrolladas en muchas ciudades españolas. Ese rechazo, que los voceros de la derechona se empeñan en ocultar a los televidentes y radioyentes, fue masiva y pacífica. Si las noticias no hablan de un acontecimiento es que no ha existido, piensan los ciudadanos, y de esa política informativa tenemos muchos y variados ejemplos en las televisiones autonómicas de Cataluña, Madrid, Valencia y otras comunidades.  Al ocultar las evidencias pretenden engañarnos, pero se engañan mucho más ellos, porque la política del avestruz, escondiendo la cabeza en un agujero para espantar el problema, no lleva a ninguna parte.  Por eso, si el Gobierno se empeña en negar la evidencia de las concentraciones masivas, el voto de castigo en Asturias y Andalucía, y el malestar de los ciudadanos que ven disminuir sus derechos y sus ahorros, la actual situación puede derivar en un descontento más intenso y feroz que arrastre a un mayor número de personas hacia ese tipo de protesta excesiva.
Tal vez sea el momento de que ambas partes empiecen a tender puentes de diálogo fructífero. El gobierno y los manifestantes deben entender que el respeto mutuo es fundamental y que ninguno debe menospreciar al contrincante, pues de la repulsa y del ninguneo suele nacer la frustración y la violencia.  Y nadie desea que este país termine asemejándose a Grecia donde la violencia de los manifestantes y las fuerzas del orden ha terminado convirtiendo las calles de Atenas en un verdadero campo de batalla. Todavía estamos a tiempo de enderezar el rumbo, aunque mucho me temo que las posturas son tan divergentes que será arduo el esfuerzo para aproximarlas.  Y la búsqueda emprendida por el Ejecutivo de dinero a cualquier precio no es la senda más acertada. Ni lo es la amnistía fiscal, que permitirá aflorar el dinero negro, ni crear una isla de ilegalidad con la instalación de Eurovegas en nuestro país. Puede que la mejor iniciativa consista en estimular el empleo, la investigación y respetar las distintas idiosincrasias que conviven en España. De esta no vamos a salir si nos empeñamos en hacerlo rápidamente y ahondando las diferencias entre comunidades.

martes, 3 de abril de 2012

Mira quien te gobierna

Parece mentira, pero es verdad.  
Por fin han presentado los presupuesto del 2012, con algo de retraso, pero claro, tengamos en cuenta que las elecciones andaluzas se lo merecían.  Mira tú si, por un aquél, lograban teñir de azul la piel de toro no les paraba ni Dios de quien son fervorosos devotos, aunque no comulgan demasiado con la caridad cristiana, ese es uno de los dogmas de fe que a estos hombres "ilustrados" más les cuesta cumplir, lo mismo le ocurre a la jerarquía eclesiástica: a los pobres ningún derecho, y caridad la justa para engañar las conciencias.
Que iban a recortar en todo, se sabía.  Lo que nadie sospechaba es que fueran a promulgar una AMNISTÍA (qué palabro para la derecha) FISCAL para los defraudadores, esta posibilidad no se le había pasado por las mientes a ningún analista económico, máxime cuando hace menos de un año, todos los dirigentes nacionales del Partido Popular echaban pestes sobre tal injusticia por discriminatoria, y porque la proponía el PSOE.
Sin embargo, desde la atalaya del poder las cosas se ven diferentes. Como necesitan dinero, para sacarnos de la crisis, nada mejor que recurrir a quienes lo tienen, los evasores. Así, con un ligero apaño, un mísero 10%, lavarán el dinero de los delincuentes de guante blanco, mientras que los desgraciados que viven de una nómina, y no pueden esconder ni un céntimo al fisco, seguirán pagando, como mínimo, un 24% del ala.  Pero esos, ya se sabe, son los "pringaos" de siempre, y a nadie le interesan, mucho menos a la derechona. Y como se trata de mirar para otro lado, manará el dinero, tanto de actividades lícitas como ilícitas, no sólo los que se subieron a la ola del ladrillo, también los especuladores financieros, los banqueros, los narcotraficantes y los criminales de toda índole que hayan escondido un "capitalito" en paraísos fiscales, bajo el colchón o bien enterradito en el jardín de sus mansiones, todo ese dinero escamoteado a las arcas públicas podrá salir a la luz por un módico precio.  Así veremos florecer nuevos millonarios oficiales, aunque todos sabremos que antes también tenían mucho dinero, pero no podían mostrar que lo tenían, a pesar de que los signos externos de riqueza eran tan escandalosos que los conocíamos todos menos los inspectores de Hacienda y el gobierno. Porque Zapatero no se enteraba de nada, pero estos chicos son más listos que el hambre. Tiempos hubo en que los tratantes de esclavos recibieron título nobiliario y pasaron a ser honrados ciudadanos.
Y es que, viendo los dirigentes de las finanzas europeas (ver foto), cada vez está más claro que esta crisis no es tal, sino una tremenda estafa orquestada por los que tienen mucho contra los que carecen de casi todo. Si esos cuatro economistas (De Guindos, Monti, Draghi y Papademos), desde sus puestos de responsabilidad en las Agencias de Calificación, no se enteraron de lo que se avecinaba (sino es que lo propiciaron), ¿cómo  van a sacarnos del pozo en el que nos metieron? ¿A quién obedecen?
Visto lo visto, y vistas sus políticas económicas allá donde tienen poder para implantarlas, hasta que no vacíen las arcas de Europa, no quedarán contentos.