Charlas en el cerrillo quiere ser un lugar de encuentro para todos aquellos interesados en la palabra escrita. Aquí tendrán cabida ideas, pensamientos, opiniones, anécdotas y relatos. Porque muchas veces las ideas más acertadas, los pensamientos más ingeniosos, las opiniones más certeras y las anécdotas más divertidas acaban perdiéndose por no tener un foro donde ponerse negro sobre blanco. También los relatos, cuando no se dispone de editor, terminan arrinconados en un cajón, razón por la cual muchas buenas historias jamás serán leídas.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Sie auch, frau Merkel?

La dimisión del Presidente Alemán, Cristian Wulff, por corrupción, indica bien a las claras el viejo precepto cristiano: quien esté limpio de pecado que tire la primera piedra. Y es que, lo alemanes, desde siempre, han sido muy dados a ver la paja en el ojo ajeno y muy ciego para ver la viga en el suyo propio. Por eso dan consejos y recetas para los de fuera que no practican en su casa.
La corrupción campa por sus respetos en todos los países del mundo porque quien tiene mucho quiere tener mucho más y, como quienes tienen mucho, son los que dominan las finanzas, y ahora también las políticas nacionales e internacionales, deciden qué deben hacer los que tienen poco o nada, que somos las mayoría de los humanos.
Así, Alemania, cuya economía domina en el Mercado Común Europeo, decide qué deben hacer los gobiernos de Grecia, Portugal, Irlanda, España o Italia de momento, luego ya se encargarán de imponer sus criterios al Reino Unido y Francia, quienes parecen haber olvidado que el abrazo del oso suele terminar con la espalda desgarrada.
¿Cómo puede pedir integridad y mano dura a los dirigentes italianos y griegos y reírle la reforma a don Marianico, el recorto, cuando la más alta institución alemana está tan corrompida como los políticos helenos?  Dice el dicho que la mujer del Cesar no sólo debe ser honrada, también parecerlo.  Y Alemania ni lo es, ni lo parece.  Sin embargo, los gobernantes europeos ven a doña Ángela, no como la matrona que nos va a meter a todos en cintura, en beneficio propio y del Deustlandbank, sino como la odalisca que va a traernos la bonanza económica, aunque para ello tengamos que pasar primero por el purgatorio, es sabido que nada se logra si esfuerzo.
Bruselas entrega a Grecia un segundo rescate de miles de millones que no deben gastar, sino que debe ser depositado en una cuenta blindada y utilizado para pagar los intereses de la deuda ¿?  ¿No sería mejor perdonársela? No, claro que no. Porque dárselo a Gracia en  condiciones tan lesivas es una forma encubierta de dárselo a la Banca Alemana, y algo también a la francesa, que son quienes más han invertido en el país heleno y tienen mayor capital en peligro, así el dinero retornará a sus verdaderos dueños: los bancos acreedores. De esa manera evitan que se le echen encima los pacíficos ciudadanos cansados ya de ver cómo el dinero común va a parar a manos de los usureros del mundo.
¿Por qué no poner el punto de mira impositivo en la economía encubierta, en la especulación, en las operaciones financieras desestabilizadoras?  Porque hemos caído en la trampa de creer que la recuperación depende de lo que logremos apretarnos el cinturón y no en la inversión y en la lucha contra la corrupción.  ¿Si la clase media sigue perdiendo poder adquisitivo quién va a comprar las manufacturas del primer mundo? Menuda guinda para el pastel, ¿eh, De Guindos?

Guiñoles

Astérix, el héroe francés por antonomasia, bebiendo su poción mágica
¿Por qué a la derecha española le molestan tanto las parodias?  El humor no es malo, sirve para despertar conciencias.  Los guiñoles de Canal+ Francia se burlan de unos éxitos deportivos que han levantado envidias y sospechas, pero convertir la "gracia" en una cuestión de Estado es poner la carreta delante de los bueyes.
No es de recibo suponer que todos los deportista de élite recurran a estimulantes para aumentar el rendimiento, pero han sido numerosos los atletas castigados por utilizar substancias dopantes, y nadie se ha rasgado las vestiduras. Hasta ahora.
El gobierno y sus medios afines han entrado al trapo, no sabemos si para desviar la atención sobre la polémica reforma laboral, de la crisis que parece no tener fondo o porque les preocupa la integridad moral del deporte español.  Sin embargo, esos mismos personajes que se rasgan las vestiduras porque las figuras deportivas nacionales son vilipendiadas al otro lado de los Pirineos se comportan ellos mismos como pésimas marionetas cuando, sin el mínimo pudor, leen extractos de un supuesto manual de Educación para la ciudadanía, aseguran que la reforma laboral perpetrada tiene la intención de acabar con las nefastas condiciones recibidas del franquismo, que ningún imbécil les va a bajar de su pedestal, acusan a la policía y a la judicatura de haber falsificado pruebas en la investigación de los atentados del 11 M, y otras muchas lindezas que, aunque las digan con seriedad, producen más miedo que cualquier sátira.
Los voceros de la derechona, con sus declaraciones, ponen en peligro la democracia misma y no sienten vergüenza, porque parece ser que pueden decir lo que les venga en gana, al fin y al cabo, España es suya.
Ver un muñeco de látex, con una jeringuilla en la mano, firmando produce sorpresa y cierta gracia, pero escuchar al Sr. Aznar Botella decir que esta reforma laboral “seguramente no resultará en una creación neta de puestos de trabajo en el corto plazo, pero sí que contribuirá a una renovación del mercado laboral, por la que un gran flujo de trabajadores saldrá del mismo y será reemplazado por otro más productivo. Naturalmente que esto no se hará sin traumas, pero a la larga nuestra economía se beneficiará”, produce indignación y rabia, porque ese señor lo ha tenido todo mucho más fácil en la vida, hasta las tonterías que dice tienen más eco que las de cualquier catedrático de economía y, sin embargo, tiene el descaro del iletrado porque nos avisa de que la reforma conlleva implícito el cambio de cromos: los trabajadores al paro y los parados a trabajar, eso sí, con menos sueldo y en condiciones laborales muchísimo más precarias. Deja la botella Aznar.

jueves, 16 de febrero de 2012

Primero fue el verbo

La reforma planteada por el Uno, Grande y Libre Partido Polular, tal y como se esperaba viene a profundizar en la Contrareforma emprendida por los conservadores españoles desde el mismo instante en que ocuparon el poder.
Acabar con el estado del bienestar parece ser la consigna a seguir entre los dirigentes autonómicos y los nacionales.  Las urnas les han otorgado el poder omnímodo para deshacer y no van a reprimir sus ansias; que las tenían desde que perdieron las elecciones del 2004 frente al PSOE de Zapatero, a quien siempre han acusado de haber alcanzado el poder gracias al terrorismo, nunca han admitido que tal vez, sólo tal vez, la culpa de esa derrota la tuvieran sus grandes errores, entre los que no es despreciable haber llevado al país a una guerra ilegal, la mala gestión del desastre del Prestige y las mentiras con las que quisieron convencernos de su inocencia y buen hacer.
Hace quince años, durante las legislaturas de Aznar, la situación económica era otra, no sólo la urdimbre empresarial estatal era grande y próspera, lo que permitió su reparto en ventajosas condiciones entre amigos y conocidos, también la burbuja inmobiliaria se inflaba a pleno pulmón, llenando las arcas del Estado artificialmente, lo que arrastró a muchos jóvenes al mercado laboral, a enrolarse en el barco de la construcción y de la expeculación como forma rápida, sencilla y segura de enriquecerse, y abandonando su formación académica como inversión de futuro. Sin embargo, hay un estamento que permanece anclado, no ya en la década anterior, si no en el siglo pasado: el empresarial.
España siempre ha carecido de un entramado empresarial fuerte y competitivo, que siempre ha escatimado recursos a la investigación (recordemos el autogiro y el ictineo) y, como los jóvenes de la década anterior, también espera que descubran los otros. Por regla general, los empresarios españoles, suelen ser malos gestores, indolentes y severos, viven casi exclusivamente de patentes foráneas, del ladrillo y del sector servicios, pero tienen usos y costumbres de grandes patrones y suspiraban por una legislación laboral que les dasatara las manos. Y éste gobierno ha llegado dispuesto a ayudarlos.
El abaratamiento del despido, según los especialistas y los ministros de Trabajo, Economía y Hacienda, no ayudará a la recuperación del empleo a corto plazo, es casi seguro que servirá para todo lo contrario.  La modificación en los artículos que afectan a los sindicatos y a la negociación colectiva representa una patada en el culo a los representantes de los trabajadores, y abre las puertas a la rebaja de salarios. El abaratamiento del despido improcedente también ayudará a los empresarios a librarse de trabajadores reivindicativos y molestos.
El mundo financiero ha demostrado que la desregularización y laxitud en las medidas de control y en las leyes nos ha llevado a una gran crisis, ha obrado exactamente en la dirección contraria de la que predicaban los economistas más liberales (o libertinos) partidarios de la libertad absoluta.  Es una falacia que el mercado, sea económico o laboral, se autoregule, sin embargo, esa patraña ha conseguido engañarnos y no son pocos los trabajadores por cuenta ajena que están de acuerdo con la reforma laboral propuesta por los conservadores.  Hasta donde sabemos, la falta de normas lleva el abuso de los más fuertes contra los más débiles.
Una gran duda nos asalta en esta tesitura: ¿Se recuperará alguno de los derechos que vamos a perder durante la legislatura?  Seguramente no.  ¿Será necesario regresar a las condiciones laborales del siglo XIX para que los trabajadores tomen conciencia que la única manera de conseguir mejoras resulta de la unión de sus fuerzas?  Esperemos que no. Si los ciudadanos de este país no empezemos a fiscalizar los actos de quienes no gobiernan,  a interesarnos por el bien común más que por el individual, apagamos la televisión y abandonamos el sofá para salir a la calle para reivindicar nuestros derechos, perderemos lo conquistado con grandes esfuerzos; si permanecemos impasibles y embobados el estado del bienestar no sobrevivirá, se lo llevará por delante la estafa que llaman crisis.  Un estado del bienestar, el nuestro, que no lo olvidemos, no tiene punto de comparación con el de los países europeos más desarrollados, los que nos exigen los recortes a los países más pobres de la eurozona (los llamados PIIGS), unos recortes que van a conducirnos, sin lugar a dudas, a una más profunda depresión, mientras sus bancos y sus especuladores se llenan los bolsillos.
La riqueza de unos pocos descansa sobre la miseria de muchos.

jueves, 9 de febrero de 2012

Justicia: ¿ciega o vengativa?

No.  No ha sido una sorpresa.  La condena al juez Garzón por las escuchas de la trama Gurtel ha sido sólo una demostración de lo que nos espera.  Hay cosas que son sagradas y una de ella es el respeto por las tradiciones, la otra la Iglesia.  
Un juez puede destrozar la vida de una persona que mata accidentalmente, de un chorizo que roba para comer, de un hombre que decide cambiar de esposa, de cualquier desgraciado que no tenga quien le defienda pero, ay, si el juez decide aplicar la ley a la cúpula dirigente, recobrar la memoria de los vencidos o recuperar el dinero público robado a manos llenas, recibe lo que se merece.  Poco importa que ese juez haya sido una estrella mediática y que sus logros profesionales hayan sido aplaudidos por medio mundo, si dispara contra todos los que infringen la ley termina creándose tantos enemigos que tarde o temprano acabará en la picota.  
Baltasar Garzón puede que haya cometido errores en la instrucción de la trama Gurtel y en la recuperación de la memoria histórica pero nunca habrían sido tan graves como para expulsarle de la carrera judicial. En este caso la Justicia ha obrado más por venganza que por aplicación de la norma. Dos semanas después de declarar no culpable al ex Presidente de la Comunidad Valenciana, se descuelgan con una condena al hombre que destapó una de las tramas corruptas más importantes desde la llegada de la democracia a éste país y trató de devolver la dignidad a los hijos de los cientos de muertos ajusticiados en las cunetas.
No es necesario recordar que la española, como la argentina, la chilena, la uruguaya y otras muchas dictaduras que la siguieron, fue una dictadura asesina, donde se mató y asesinó a personas inocentes, cuyos grandes delitos consistieron en ser pobres, incultos y no compartir las ideas de los amos.  Los asesinos, bendecidos por la Iglesia, dominaron la vida pública y privada durante cuarenta años y muchos de los dirigentes políticos, económicos y culturales actuales son hijos y nietos de los vencedores, no pocas fortunas actuales provienen de actos inconfesables y, en definitiva, la transición representó una válvula de escape para los vencedores, un punto y aparte de la historia, mientras que los vencidos se vieron obligados a asumir la derrota definitivamente.  
Ningún país puede superar un pasado siniestro sin enfrentarse a la ignominia.  Ningún país verdaderamente democrático envía sus máximos representantes institucionales y políticos al entierro de un viejo fascista.  No lo ha hecho Alemania, ni Argentina, ni Chile, ni Uruguay.  España si. España, dicen, es diferente.  Y tan diferente.  Seremos diferentes, pero el dictador murió en la cama, porque si continuara vivo seguiríamos bajo el yugo,
Garzón es la última víctima del franquismo y la primera del revisionismo histórico del uno, grande y libre Partido Popular.

domingo, 29 de enero de 2012

In... Justicia

Estamos regresando al pasado. Aunque nos falte el Delorian, volvemos atrás.  Esa es la consecuencia que se desprende del anuncio del Ministro de Justicia sobre la manera de acceder al Consejo General del Poder Judicial donde los jueces progresistas, si es que los hay, tendrán vetado el acceso. Además, la proyectada condena permanente revisable para los delitos que provoquen un gran impacto social supone, en la práctica, la creación de la pena de cadena perpetua para aquellos casos que periódicos y televisiones repitan hasta la saciedad.
La Justicia, que se suponía igual para todos, terminará siendo una justicia a la carta y sólo será accesible para quienes puedan costeársela, igual que ocurrirá con la educación y la sanidad.  Ese parece ser el camino que, con nuestros votos, hemos elegido, por tanto nada que objetar: cada uno recoge lo que siembra.  Parangonando a la alcaldesa de Madrid, si uno siembra manzanas no puede recoger peras, aunque a veces vayamos a por uvas y terminemos recolectando melones.
Indignarse puede ser una opción pero, si la indignación se guarda en el ámbito familiar y no se comparte con otros indignados resultará nula porque la lucha individual sólo conduce a una mayor frustración, también es necesario dotarse de un plan de acción en común con el que enfrentarse a las dificultades. Según parece, el anteproyecto presentado por Ruiz Gallardón a los medios de comunicación es idéntico al que a finales de los setenta presentó su padre, entonces dirigente de Alianza Popular, y que fue rechazado por el Senado.  Sin embargo, treinta y tantos años después, vuelven a la carga porque ahora disponen de la mayoría suficiente para aprobarlo.  Se trata de una ley retrógrada que nos devolverá a la época de la transición donde los nostálgicos del franquismo fueron apartados de las esferas del poder por los demócratas.
Pero la derecha jamás asume los cambios progresistas y permanece agazapada hasta que las condiciones socio políticas le ayuden a recuperar el poder para deshacer los cambios políticos y sociales que se vio obligada a aceptar pero que no les satisfacen.  Sólo los votos puede impedirles que nos devuelvan a la época que más les gusta: el medioevo.  Ya lo dijo el hijo de la duquesa de Alba: esa época donde las diferencias se solventaban con la espada.  Y donde, añado, los nobles no eran juzgados por los mismo fueros y sólo ellos disponían de la fuerza.  Esa sí es fue una época gloriosa... para algunos.

Elegido

-¡Hombre! Con tu apellido no podía ser de otra manera. – dijo el Otro.
-¡Calla joder, te van a oír. – replicó el interpelado con agresividad.  Cogió la botella de cerveza por el gollete y se la bebió de un trago, sin respirar.  Era la quinta de la mañana y los efectos del alcohol empezaban a notarse.  Nunca había sido un gran bebedor pero desde hacía un par de semanas se emborrachaba diariamente.  Se levantó con dificultad y caminó hasta la ventana para cerrarla.
-Venga Curro, soy tu amigo, ya lo sabes.
-Lo sé.  Hace muchos años que nos conocemos, pero eso no quiere decir que tengas que saberlo todo sobre mí.
-No es eso.  Pero...
-Lo mismo que todos los demás, sólo has venido por lo que has venido. ¿Quieres una cerveza?
-No deberías beber tanto.
-Si tú no quieres..., yo me voy a tomar otra.- dijo.
El Otro repasó con la mirada la estancia, de cuyas paredes colgaban varios trofeos de caza mayor disecados.  Cornamentas de ciervo y corzo, dientes de jabalíes, y presidiéndola, sobre la chimenea donde un leño ardía y crepitaba, una cabeza de jabalí, tan diestramente trabajada que, el gorrino salvaje, parecía haber atravesado la pared.
Curro regresó de la cocina con una cerveza mediada en la mano derecha y otra entera en la izquierda para su amigo quien permanecía extasiado frente a la cabeza disecada.  A pesar de haberla contemplado muchas veces, seguía mostrándose reacio a darle la espalda, así de amenazante parecía la cabeza del animal.
-¿Da miedo, ¿verdad?
-Hay que tener valor para enfrentarse a un bicho así.- afirmó con respeto el Otro.
-No lo creas, el miedo nos lleva a realizar actos heroicos.- Curro se hundió pesadamente en el sofá y los propios recuerdos.  El verraco que colgaba sobre el hogar se había defendido como el coloso que fue, ni siquiera las dos balas que le atravesaron de lado a lado lomo y barriga consiguieron acabar con su vida, hubo que seguir el rastro de sangre durante tres largas horas entre jaras y peñas.  Escapó por lo más espeso y escarpado del monte, allí donde la maleza era más tupida y abundante, siguió senderos y trochas cientos de veces recorridas por su camada.  El gorrino era grande, no cabía la menor duda, a duras penas le había adivinado en la linde del cortafuegos y le había descerrajado los dos tiros antes de que el animal le tomara el aire.  No sabía si había acertado, como parecía desprenderse del arruar del guarro y del rastro de sangre que iba dejando, o se trataba de una herida superficial.  La experiencia le decía que el animal herido resulta peligroso cuando está herido y se siente acorralado.  Eran muchas las historias que circulaban entre cazadores sobre perros destripados y hombres sorprendidos por guarros heridos.  Ese recuerdo frenó su carrera, concentrando los cinco sentidos en la espesura que tenía frente a él, atento a cualquier ruido, cualquier indicio de peligro.  Otra vez la lucha entre cazador y presa, donde vencía el más astuto, nunca el más fuerte.  Despreciaba las monterías porque le parecían carnicerías donde los señoritos dan rienda suelta a sus instintos atávicos, matando todo lo que se pone a tiro, cientos de piezas abatidas en una jornada de sangre y pólvora.  Curro prefería el cuerpo a cuerpo.  Los colmillos, la velocidad la astucia frente a la escopeta, siempre sólo, a lo sumo en pareja.  Ahí residía la esencia de la caza.  En perseguir a la presa, en descubrir sus porqueras, sus hozaderos, sus sendas, sus abrevaderos, no echarles el aire ni descubrirse hasta el disparo que anuncia la muerte. 
Curro recorría el monte a diario buscando indicios, abrevaderos y ciénagas donde solían acudir a barrearse las piezas de caza mayor.  El conejo, la liebre, la paloma, la perdiz y la tórtola le resultaba un mero ejercicio de tiro, un simple condimento para el arroz dominical.  Durante el tute vespertino las palabras volvían sobre la caza, los rastros, los indicios que los convecinos descubrían y de los que se hacía eco inmediato.  No respetaba vedas ni cotos, Curro cazaba cuando y como quería, sin responder a los requerimientos de forestales ni del Seprona,.
Había seguido el rastro verracos entre jara y madroños muchas veces, pero ese día topó con el animal moribundo en un claro donde el animal había ido a parar desorientado por la hemorragia y el terror.  Acorralado entre grandes riscos por los que le había resultado imposible trepar, la única de escapatoria era regresar por la misma vereda que le había llevado hasta allí, pero el camino se encontraba cerrado por el sudor penetrante del cazador.  El bicho respiraba con dificultad porque había perdido mucha sangre pero estaba dispuesto a presentar batalla, apoyó los cuartos traseros contra las piedras, y se preparó para morir matando.  Curro, enfrascado en la lucha, había olvidado recargar la escopeta, lo recordó al encontrarse frente al gorrino.  Ni había oído el rebudiar del animal que le esperaba jadeante.  Hombre y animal se miraron a los ojos, Curro comprendió que el animal lucharía hasta el final.  Con sangre fría sacó el puñal de la funda antes de que el jabalí le arrollara, armó el brazo y clavó la daga en el cuello, el guarro dio cuatro pasos y cayó fulminado.  Curro se sentó en la barriga del enemigo exánime, le arrancó el puñal del cuello y sintió un tremendo respeto por el animal que yacía a sus pies.
Todos en el pueblo conocían esta vieja historia que le gustaba recordar.  Sin embargo, desde hacía dos semanas, se despertaba sudoroso y temblón,  bebía más de lo recomendable y los placidos sueños se habían convertido en terribles pesadillas.  Había dejado de acudir a su cita diaria con los naipes y se mostraba huraño, taciturno y reservado.  Se reconocía el único culpable, Feliciano, el pastor, le había puesto sobre el rastro.  Feliciano siempre le había indicado donde encontrar las mejores piezas.  Era un buen rastreador pero nunca le había atraído la caza, si acaso algún tableto o algún lazo para la caza menor, pero jamás la escopeta, le atemorizaban las armas de fuego.  No lo dudó.  En cuanto Feliciano le indicó el lugar, quiso reconocerlo.  Estaba claro, por el destrozo junto a la tapia del viejo corral de la Eufemia, un verraco de grandes dimensiones merodeaba por allí.  Recorrió el lugar, evitando dejar el menor rastro de su presencia.  Los guarros son reservados y al menor indicio de peligro huyen.  El corral abandonado, está situado a unos diez metros de la linde del monte, un jaral espeso, pero el contorno había sido arado recientemente y, bajo el chaparro grande, se podía ver la tierra removida.  Antes de aproximarse  a la maleza, dejó caer unos granos de trigo que llevaba en el bolsillo,  con naturalidad, para que pareciera casual y que el instinto del animal no sospechara la celada.  Después reconoció la espesura hasta hallar el lugar por donde saldría el cerdo.  Descubrió tres trochas imperceptibles para miradas poco avezadas, en la segunda de las cuales encontró huellas de pezuñas, ramas rotas y cerdas parduscas en una aulaga.  Buscó un lugar para esconderse y no echarle el aire a la pieza.  Creyó encontrarlo en una peña, dos metros dentro del matorral.  Tuvo que romper un par de ramas para obtener mejor vista del campo.  Tras el reconocimiento se sintió satisfecho, el instinto del cazador se había puesto en marcha.  Al día siguiente volvió al lugar y comprobó que la pieza se había tragado el anzuelo, el trigo había desaparecido y el escarbadero todavía húmedo.   Estaba contento.  Recargó el cebo y volvió sobre sus pasos.
Durante dos semanas repitió el ritual.  Diariamente cebaba el lugar y lo reconocía.  Sólo una noche apareció la tierra sin remover.  Finalmente, la noche del domingo salió con la escopeta escondida.  Quienes le vieron salir adivinaron sus propósitos.
Llegó al otero al caer el sol, cebó la trampa y se encaramó a la peña desde donde dominaba el cebadero, el chaparro, el corral, las tres trochas y el veril por donde podía aparecer el animal.  Hacía frío, así que se arropó con el capote, montó la escopeta mecánicamente, apoyó la espalda contra la piedra, se frotó las manos para desentumecerlas y esperó.
Las horas transcurrieron lentamente pero se mantuvo alerta a pesar del duermevela.  Clareaba cuando el crujir de ramas al troncharse le hicieron echarse la escopeta a la cara.  La pieza se acercaba y, por el ruido, debía ser enorme.  Su instinto y experiencia le aconsejaron encañonar la segunda trocha, donde había encontrado las cerdas enganchadas en la aulaga, apuntó cuidadosamente esperando que el jabalí asomara.  El ruido entre el monte cesó bruscamente y el arruar del marrano le indicó que la presa se alejaba.  Era imposible que el puerco le hubiera tomado el aire porque el viento le refrescaba la cara.  Segundos después de bajar la escopeta, cuando se había resignado a otra noche de espera, escuchó un chasquido y después otro, débiles pero perceptibles al oído de un experto cazador.  Apuntó hacia el sendero más cercano.  Apareció claro y nítido, recortando la silueta sobre el veril.  Lentamente, asustado y temeroso, primero apareció la cabeza negra mirando a uno y otro lado, después un pie y luego el otro.  Cuando alcanzó el claro se levantó y escudriñó el chaparro y el derruido corral.  Curro dudó apenas unos segundos, pero le venció su instinto depredador, apuntó cuidadosamente y disparó. 
El hombre cayó fulminado al suelo.
Una hora pasó Curro subido en la peña, buscando una excusa imposible.  De nada le sirvió pensar que a su hijo le había robado varias veces los moros sin papeles de la plaza,  ni que Maritere les tuviera un miedo atávico, ni las incendiarias declaraciones de la esposa de un político retirado quien, al afirmar que las iglesias acabarían convertidas en mezquitas, atizaba las llamas del odio.  Tampoco las imágenes televisivas de los cientos de desgraciados abandonados a su suerte sobre frágiles embarcaciones.  Ni los rifirrafes entre diferentes comunidades le tranquilizaban.  Nada le sirvió de consuelo. 
Despertó del sopor del alcohol que le había amodorrado incluso en presencia del Otro, y lanzó la botella de cerveza vacía contra la chimenea.
-Es que apellidándote Matamoros no podía ser de otra manera.- dijo el Otro que parecía haberle leído los recuerdos.

viernes, 27 de enero de 2012

El primo Sebas







“Coño, lo que me faltaba.” Dijo mi padre cuando vio a mi primo Sebas llegar de la mano de la vecina del tercero segunda. Ni se dio cuenta de que yo estaba a su lado devorando un tebeo de Hazañas Bélicas. Y si se hubiera dado, no le habría importado mucho, por no decir nada. En aquellos tiempos no reparaban en mandangas, ni en cuidados sobre lo que los niños podíamos escuchar.


Yo acababa de cumplir los trece años y estaba fuertemente influenciado por la cultura beat, por el rock de Leed Zeppelín y Deep Purple, y pensaba que mi primo, cuatro años mayor, que había venido a vivir con nosotros desde el pueblo, era un hombre hecho y derecho. Su estética era la del cateto recién llegado, no sólo porque le encantaba la música de Manolo Escobar y Rafael Farina y porque vistiera bastante hortera, también porque caminaba por la vida con total desfachatez; parecía un caballo desbocado cuando lo moderno era dejarse llevar por la paz que emanaba de los cigarrillos de grifa y hachis. Su gusto musical coincidía con el de mi padre, en todo lo demás chocaban, claro que mi progenitor tampoco soportaba que yo me negara a cortarme el pelo como los hombres, ni que usara tejanos gastados, ni la música estridente que escuchaba a todas horas.


En el pueblo Sebas tenía una novia que bordaba sábanas y manteles, mientras él, en la ciudad, trataba de establecer alguna marca en el arte de la seducción, de lo contrario no podía explicarme que diariamente apareciera con una nueva conquista. La arrogancia y la prepotencia que mostraba al exhibirlas era otro rasgo de su personalidad que irritaba mucho a mi padre. Y a mí, que por entonces le admiraba, me sorprendía su capacidad para engatusar a las mujeres, sobre todo porque era un reto que yo jamás igualaría. 


Nada más llegar a casa se instaló, o le instalaron, en mi cama, entre mi hermano y yo. Compartíamos la cama porque la vivienda era pequeña y nosotros muchos. La única que dormía sola en una habitación era mi hermana mayor, por ser la chica y por ser mayor. Los demás teníamos que compartir catre, primero dos y luego tres, como ocurrió desde la llegada de Sebas. 


Todas las noches, antes de que el sueño nos venciera, el primo nos instruía en el arte de la conquista y otras cosas que desconocíamos. Mi hermano Rafa, el más pequeño, se dormía enseguida, lo que nos dejaba cierta libertad para hablar de mujeres más allá de lo que permitía el conocimiento, la edad y la época. Hablábamos, reíamos y no parábamos hasta que se escuchaba la voz tajante de mi padre invitándonos a dormir o sufrir las consecuencias.


Mi padre no es que tuviera mala leche, no, es que madrugaba y debía mostrarse servicial todo el día. El servilismo le agrió el carácter y, claro, lo pagaba con nosotros. Estaba enojado con la vida y con su destino pero, cuando estaba contento, nos deleitaba con sus batallitas. Yo prefería las de la guerra. Aunque él, cuando contaba algo de los años negros, siempre lo refería como vivencias de héroes anónimos. Héroes en el bando equivocado, olvidados, perseguidos, encarcelados. 


Mi padre, en alguna ocasión, refirió que él también había pasado por el campo de detención de Castuera. Pasó hambre, más que como perdedor, por ser hijo y nieto de campesinos sin tierras. La dura posguerra le dejó un miedo terrible a transgredir las normas. Trocó la fogosidad juvenil  en servilismo. Por eso, cuando vio llegar a mi primo Sebas de la mano de la vecina del tercero segunda, le entró una cólera terrible. 


Conseguir que le adjudicaran la conserjería en la que nos hacinábamos no resultó sencillo. Tuvo que reunir un dinero que no tenía para pagar al administrador del edificio. Hubo de recurrir a familiares, amigos, conocidos y conocidos de conocidos para reunir los veinte mil duros. Cien mil pesetas que aquel ladrón de guante blanco, por no decir otra cosa, se guardó en el bolsillo de la chaqueta con desprecio, sin contar el fajo de billetes que tanto esfuerzo había costado reunir y que endeudó a mi padre con los amigos, casi todos los conocidos y algunos desconocidos.  Siempre tan meticuloso, mi padre, apuntó en un bloc de hojas cuadriculadas y cubiertas azules nombres y cantidades de todos los prestamistas. Luego, mes a mes, bajo la severa supervisión de mi madre, fue devolviendo lo prestado, empezando por los más necesitados y por los más alejados. Devolvió lo prestado privándonos de algunas necesidades básicas. 


Sus funciones como conserje no eran la envidia de nadie, tenía que permanecer servicial y al pie del cañón las veinticuatro horas al día, no disponía ni de tiempo para comer. Cuando él almorzaba yo, por ser el mayor, le relevaba en la vigilancia. En esas horas perdidas del mediodía me aficioné a leer. Como era tímido y reservado pretendía pasar desapercibido y llegué a mimetizarme cual camaleón, de forma que algunos vecinos se quejaron por dejar la garita sin vigía al mediodía. El mimetismo sería la causa de la primera de una serie de durísimas reprimendas, posteriormente, cuando compramos la televisión, vendrían muchas más, porque dejé de escuchar cuando me hablaban, no por descortesía ni mala educación, sino porque la caja tonta absorbía toda mi atención.


Diariamente le sustituía como cancerbero a  la hora que Maritere, la hija adolescente de los del tercero segunda, regresaba del colegio de monjas donde estudiaba, con su falda plisada de cuadros escoceses, su jersey azul marino con cuello de pico sobre camisa blanca, su cara pecosa y su sonrisa adorable. Ella me saludaba cortésmente, ajena a mis ilusiones, y ambos nos ruborizábamos, yo infinitamente más. La adolescencia me reventaba por los poros en forma de espinillas. No estaba enamorado, ni mucho menos, simplemente me excitaban sus rodillas, sus pecas y sus ojos color miel. Si Maritere me gustaba, la que realmente me volvía loco era su madre, a quien siempre recordaré con un abrigo de visón y un vestido negro ajustadísimo, escotadísimo y cortísimo que dejaba adivinar su cuerpo proporcionado, el canalillo entre sus tetas y unos muslos torneados y firmes. La madre de Maritere había tomados por costumbre acariciarme la barbilla cada vez que me hallaba al alcance de su mano. Se burlaba de mi azoramiento y alababa mis ojos azules sin intuir que, con el roce de su mano suave y perfumada, yo me derretía, bebía los vientos por su aroma y la suavidad de su piel, y el recuerdo de lo que podía haber sido y no fue me arrastraba al váter donde daba rienda suelta a mi adolescente ebullición.


El primo Sebas transgredió la primera regla en relación con los vecinos, pero sobre todo con las vecinas: no acercarnos a ellas más allá de lo que la diferencia de clases estimaba correcto. Incumplir las normas paternas nos exponía a su ira. Ira que le resultaba difícil controlar. 


La tarde que el primo Sebas llegó de la mano de la vecina del tercero segunda, mi padre no llegó a pegarle, aunque temí que le soltara algún soplamocos, por la insolencia con la que respondió la amonestación y porque la indignación de mi padre aumentaba minuto a minuto. La bronca Sebas fue de campeonato. Ni siquiera le permitió cambiarse y, con sus hábitos de camarero, chaquetilla blanca y su pantalón negro, le hizo sentar en el sofá cama del comedor y le cantó las cuarenta en bastos. Yo no comprendía la razón de tanto enfado, el incidente no lo merecía. Un hombre en sus circunstancias, que había pasado una guerra y la había perdido, que había pasado hambre y miseria, tenía razones para tan gran enfado. Ni siquiera el miedo a perder el empleo justificaba esa agresividad. 


Yo había visto cómo mi padre y otros conserjes vecinos desnudaban con la mirada a la madre de Maritere, y había escuchado sus comentarios soeces. En la esquina de la calle, se reunían varios porteros de fincas urbanas, para hablar de fútbol, de toros y de mujeres, de otras cosas no hablaban por precaución. Desde su puesto de observación controlaban portales y vecinos, desgranaban vidas y milagros de sus vecinos, y despellejaban a los antipáticos y a los avaros. Entre los habituales, el del número veinticuatro no era muy apreciado, era gallego, del Ferrol y muy reservado y esquivo. Los cancerberos de la calle sospechaban que era confidente de la social, si no de qué un hombre joven y bien parecido pasaría el día haciendo reverencias.


No sé si la bronca fue el motivo que impulsó a mi primo Sebas a odiarnos y alejarse de nosotros definitivamente. No se marchó de inmediato, tardó casi un año, regresó al pueblo y se casó con la novia que bordaba sábanas y manteles, y sólo otra vez volvió a casa de mis padres. Lo hizo a bordo de un flamante Mercedes negro, conducido por un chofer con librea, para demostrar no sé qué a quién. Porque la verdad, si cuando éramos adolescentes me impresionaban su labia y sus conocimientos, la última vez que regresó a nuestras vidas me pareció un perdedor a pesar de sus ínfulas. Siempre le reproché que, cuando las cosas empezaron marcharle viento en popa, no tuviera un detalle con mis padres, quienes le acogieron y alimentaron como un hijo durante todo un año. Pero así son las cosas.


Cuando entró en la cocina, donde yo merendaba, no le reconocí, habían pasado diez años, por su aspecto cansado y cierto rictus de hastío que le ensombrecía la cara. Entró precedido por mi padre, que había envejecido prematuramente por el cáncer que le consumía y del que los médicos nos habían avisado que se acercaba al final. La enfermedad de mi padre no fue el motivo de su visita. Mi padre y él se encerraron en la garita de la portería, cerraron puerta y ventanilla y hablaron un rato largo, sin gritos ni aspavientos. Sin embargo, sus rostros mostraban que la plática era cualquier cosa menos plácida. Esperé algún gesto de reconocimiento por aquello de que habíamos compartido cama y secretos durante un largo año, pero se marchó como había llegado,.


Terminé los estudios de periodismo y, cuando empecé a colaborar en La Vanguardia como redactor de sucesos, me enteré de la historia oculta de mi primo Sebas. De por qué se marchó la primera vez, de lo que ocurrió posteriormente y por qué regresó a lomos de su cochazo. Se lo conté a mi padre en su lecho de muerte y éste se limitó a hacer un gesto de resignación, conocía la historia mejor que yo, pero nunca dijo esta boca es mía, ni a su hermana, la madre de Sebas, ni a su mujer ni a sus hijos. 


Sebas había llegado siendo un palurdo y regresó siendo un truhán, por mucho que su madre le vería siempre como un gran triunfador, incluso después que muriera acribillado a la puerta de su casa al bajar del Mercedes blindado en el que se desplazó los últimos años de vida. Tenía más miedo que vergüenza, y siempre iba acompañado por dos guardaespaldas, ninguno de los cuales hizo nada para defenderle.


Mi padre conoció siempre lo rápido que Sebas recorrió el camino del mal. Ninguno de los trapicheos, de los engaños y de los pequeños hurtos que jalonaron su estancia entre nosotros le fueron ajenos. Trabajar de sol a sol sirviendo mesas no era lo suyo, demasiado cansado para él y una manera lenta de enriquecerse, y Sebas necesitaba dinero con urgencia. Cuando se enteró de las partidas clandestinas de póquer que se organizaban en el bar donde servía mesas, en las que se apostaban grandes cantidades, se las ingenió para participar en las timbas. Como una cosa lleva a la otra, y el primo Sebas carecía de escrúpulos, pronto se vio perseguido por la policía. Sus correrías junto a personajes del hampa le pusieron en el punto de mira de la ley.


Nadie, excepto mi padre, sabía de su delincuencia. Mi padre había recibido la visita inesperada de un inspector que le puso al corriente de las andanzas del primo Sebas y de las compañías que frecuentaba. Por eso mi padre, cuando le vio llegar agarrado de la mano de Maritere, la vecina del tercero segunda, y sabiendo como sabía lo que su sobrino se llevaba entre manos, maldijo su infortunio, sin acordarse de que yo estaba a su lado. Como desconocía lo que se cocía en la cocina de mi propia casa, no entendí la reprimenda por semejante tontería. Intentar enamoriscar a una vecina a quien, por otro lado, a mi no hubiera importado enamorar, ni entonces, ni muchos años después, cuando ella y yo crecimos.


Comprendí por qué mi padre había rechazado el sobre que Sebas le tendió, un abultado sobre lleno de billetes de cinco mil. Con aquél dinero pretendió cerrar la boca de mi padre sobre algunos negocios oscuros. Un año de temores y sobresaltos no se compensan con dinero. Siempre creí que mi padre era pusilánime y adulador, y durante la adolescencia me burlé muchas veces de su figura enjuta y su falta de personalidad. Cómo lo siento ahora que sé la verdad y no puedo decírselo.


Mi padre pensaba que había conseguido despistar a sus perseguidores, pasar desapercibido, que finalmente había borrado su rastro. Tuvo que ocultarse para que el pasado le olvidara. Lo último que necesitaba vigilancia policial por culpa de un sobrino demasiado ambicioso y poco precavido. De la vida oculta de mi padre me enteré cuando sus camaradas cubrieron el ataúd con una enorme bandera roja antes de meterle en la incineradora. Sólo entonces supe que las historias, que siempre atribuyó a otros, eran suyas. Que el héroe era él. Durante el funeral no se derramaron lágrimas. Ni siquiera mi madre se permitió un detalle tan burgués. Ella también pensaba que el mejor homenaje era el silencio grave. Finalmente había dejado de preocuparse por todo y por todos pero, sobre todo, había dejado de sufrir. La muerte le había liberado.