Parece que los malos gestores de la crisis que nos asfixia desde 2008 están empezando a plantearse la necesidad de cambiar el rumbo de su política económica. Queda más que demostrado que los recortes, como única medida, son insuficientes y producen un mayor déficit porque contraen el gasto de las familias y, con él, la producción industrial.
Resulta vergonzoso escuchar a los salvadores de Italia, Grecia y Portugal, después de haber hundido sus respectivas economías, depositar sus esperanzas de recuperación en el candidato socialista a la presidencia francesa: François Hollande, quien promete cambiar la política económica que viene imponiendo Alemania. La necesidad de controlar el gasto parece evidente, pero lo que no puede nunca abandonarse es el incentivo a la creación de empleo para lo cual se necesita la inversión pública. Claro que esa inversión tiene que ser controlada para evitar el despilfarro.
Destacados economistas advierten que se ha convertido en una necesidad imperiosa que los estados promuevan y financien las políticas económicas destinadas a la reactivación y a la generación de puestos de trabajo para aumentar los ingresos vía impuestos, de no hacerlo pronto, el desplome y la recesión será inevitable.
La consecuencia más evidente de la mala gestión de la crisis llevada a cabo durante estos cuatro años ha sido el empobrecimiento de las clases medias y bajas y el enriquecimiento de las clases elevadas: los pobres son más pobres y los ricos más ricos. De hecho, la venta de artículos de superlujo: casas, coches, obras de arte, joyas, etc, entre las clases pudientes ha aumentado, mientras que el consumo de productos básicos entre las clases más populares ha descendido hasta límites de consumo de los años ochenta. Por tanto, la manera más evidente de relanzar la economía consiste en generar empleo y en fiscalizar el gasto, no en imponer nuevas medidas de ajuste sobre las clases más desfavorecidas.
Que la derecha española llevaba muchos años esperando una oportunidad como la que le ha brindado la crisis económica actual es evidente. Está deshaciendo todo lo construido hasta ahora a un ritmo frenético, alguien ha dicho que parece un "golpe de estado incruento" y no parece ir desencaminado. Porque mientras el centro izquierda duda para aplicar políticas sociales, y a veces termina postponiéndolas; la derecha destruye los logros sociales que no les favorece con la velocidad del rayo, y no pasa nada, incluso se les aplaude desde dentro y desde fuera, y no sólo por quienes están ideológicamente próximos, también desde los profesionales independientes que anteponen su ciencia a la conciencia.
Tal vez la mejor enseñanza se proporcione en los colegios privados, seguramente la mejor medicina se practique en los hospitales privados, pero los defensores de ese tipo de educación y medicina olvidan que tanto los colegios privados, como las clínicas privadas funcionan a base de subvenciones del erario público, que con una parte importante de nuestros impuestos subvencionamos los colegios, los hospitales, los maestros y los médicos que se ocupan de su enseñanza y su salud. Y, sin embargo, nadie ha hablado de recortar esas subvenciones, de retirarlas incluso, para salvar los sistemas nacionales de educación y sanidad. Tal vez porque no estamos hablando de una crisis sino de una estafa bien planificada y mejor ejecutada.
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