Se está convirtiendo en un lugar común de la derecha europea, entre los empresarios y también entre los líderes de opinión españoles, la creencia de que los trabajadores del sur son vagos. Pero, como todos los tópicos sobre naciones y personas, ésta es una mentira interesada, muy interesada. Entre los del sur, y entre los del norte, existen vagos, maleantes, cumplidores, y honrados trabajadores, pero ninguna de esas características identifica a todo un país.
Sin embargo, a los empresarios les resulta más práctico hablar de granujas y aprovechados que admitir las pésimas condiciones laborales y los sueldos de miseria, rayanos en la esclavitud. Y para su coro de aduladores también. Porque reconocer lo contrario situaría el centro de la diana en los intereses espurios, de clase, y los perversos planes de cara a la anunciada reforma laboral.
Calificar de vagos a los trabajadores que durante los años sesenta y setenta realizaron los trabajos más peligrosos y precarios de la emergente Europa resulta, como mínimo, indecente. Porque no fueron ni alemanes, ni belgas, ni franceses, ni holandeses quienes vinieron en trenes borregueros a recoger la uva, ni a trabajar en las minas de Aznalcóllar (¿alguien recuerda el desastre ecológico que produjo esta empresa de capital sueco?), ni las basuras de las calles de Madrid por sueldos de miseria, ni vivieron en barracones, ni se concentraron en guetos. No. Los alemanes, los belgas, los franceses y los holandeses que llegaron durante esos años, lo hicieron con marcos, florines y francos para comprar ocio y descanso barato, parcelas junto al mar y residencias suntuosas a precios de saldo, mientras los trabajadores del sur, igual que en la próspera Europa, les servían las bebidas heladas, les hacían la comida y limpiaban sus habitaciones de hotel.
Esos mismos dirigentes europeos, que impusieron su modo de vida, la compra de sus manufacturas y servicios, el desmantelamiento de las industrias nacionales a los países del sur antes de admitirlos en su privilegiado club de ricos, se lamentan ahora porque los antiguos siervos imitan sus maneras, y a veces las superan.
No. Tampoco las jornadas laborales de los países del sur son más cortas, ni los trabajadores tienen más vacaciones, ni más días de libranza, ojalá contaran con las mismas condiciones laborales, sociales y económicas de quienes les critican. Seguramente lo que molesta a los políticos norteños y a los empresarios del sur es la alegría que derrochan, porque, a pesar de las trabas y dificultades, no pierden la esperanza.
Los calvinistas creen que el favor de Dios se manifiesta en los bienes materiales que consiguen. Los cristianos, pero sobre todo los cristianos del sur, no creen que las ganancias dependan de la voluntad del Creador, sino de la pagana diosa Fortuna, por eso no dedican su vida al trabajo, afortunadamente ellos saben cuándo y cómo divertirse. Cantan, ríen y bailan aunque carezcan del mínimo imprescindible. Tienen espíritu de cigarra, no de hormiga. Y esa mísera felicidad levanta ampollas, ese jolgorio sureño frente a la adversidad, ese reírse de la propia pobreza resulta incomprensible para los sacrificados, cebados y orgullosos políticos norteños.
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