El ex presidente de Extremadura, Rodriguez Ibarra, nunca se ha caracterizado por su diplomacia ni por la templanza en sus declaraciones públicas, ni lo hizo cuando presidía la Comunidad Autónoma ni ahora desde su retiro.
Comparar al President de la Generalitat con Hitler y Mussolini ha sido otra gran boutade, a las que tan acostumbrados nos tenía cuando ejercía la presidencia. Para decir tonterías lo mejor es permanecer callados y escuchar a los que saben.
Que la declaración de soberanía catalana escuece en el resto de pueblos de España excepto, posiblemente, el País Vasco, no es ninguna novedad. Pero no pueden sacarse las cosas de madre, ni insultar gratuitamente. Artur Mas nada tiene que ver con dos de los fascistas, junto con Franco, más sanguinarios del siglo XX. Primero porque ha sido elegido democráticamente y segundo porque, que se sepa, en Cataluña no se detiene a nadie por sus ideas políticas, ni se le envía a campos de exterminio. Tampoco es de recibo la comparación con Milosevic que lanza el diputado Tardá contra el profesor de la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura. La escalada en las declaraciones de personajes públicos de uno y otro lado del Ebro no lleva al diálogo precisamente ni, mucho menos, al entendimiento.
España, como nación es un invento de finales del siglo XV, hasta entonces, los diferentes reinos y condados se aliaron y guerrearon entre sí para conseguir le hegemonía. La unión que siguió al matrimonio de Isabel y Fernando, y la posterior victoria sobre el reino árabe de Granada, forzó la unión política, que no social, del Reino de España. Aunque con tensiones, cuya máxima expresión fue la guerra de sucesión de (1701-1713) entre los Habsburgo y los Borbones, donde los imperios francés y austriaco se jugaron la supremacía en Europa, y donde la corona de Castilla apoyó el bando de Felipe V Borbón con su sistema centralista y absolutista de gobierno, y la de Aragón se situó junto al Archiduque Carlos de Habsburgo que había ofrecido mantener el sistema foral y federal. El resultado de la contienda fue el que fue, y todavía sufrimos las consecuencias.
Ahora, cuatrocientos años después, alguien se plantea romper la alianza y está tan legitimado como los que pretenden continuar con la unión. Ni más ni menos. Pero debe hacerlo a través del diálogo, y por métodos pacíficos y democráticos, nunca con la descalificación y el exabrupto. Que sean, esta vez sí, las urnas las que decidan. Que se exprese el pueblo y decida. Pero que lo haga en libertad y con pleno conocimiento, que no lo haga por seguir a unos políticos que utilizan la independencia nacional como antídoto de su impotencia como dirigentes. La actual situación de crisis es el mejor caldo de cultivo para la xenofobia y el racismo, para culpar a los extranjeros, provengan de donde provengan, de los males de la sociedad, como si los autóctonos fueran completamente inocentes del desastre en el que estamos inmersos.
Es fundamental respetar las ideas de quienes piensan diferente. Por eso, Rodríguez Ibarra, Tardá y todos los que utilizan el insulto como argumento, pensar lo que vais a decir antes de abrir la boca. Para decir tonterías, no rompáis el silencio.
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