Pues no, tampoco el PP tenía la solución. No es que les creyéramos cuando anunciaban a bombo y platillo que ellos eran los únicos que podían solucionar todos los problemas del país si obtenían la confianza de los votantes, pero con su primera decisión económica han demostrado que no tenían ni idea y, lo que es peor, han confirmado lo que ya sospechábamos, quienes pagarán el pato de la crisis van a ser los de siempre: los asalariados.
Además de habernos engañado (no cabe consuelo porque fuera en campaña ni porque todos lo hacen) el mutismo del nuevo Presidente del Gobierno sólo puede obedecer al pánico frente al abismo que tiene delante (y recemos para que no sea debido a que aún no se ha repuesto por la sorpresa frente al triunfo). Lo cierto es que el número de parados continua subiendo y las medidas anunciadas parecen destinadas a intentar inflar una nueva burbuja sin el agua jabonosa de la construcción desatada.
Basta pasearse por las calles de las grandes ciudades para comprender que la recesión ha llegado para quedarse entre nosotros, y no sabemos por cuanto tiempo. Las tiendas están vacías, los dependientes tristes y los transeúntes más. Ha desaparecido la fiebre despilfarradora que caracterizaba a este país hace apenas tres años. Si, parece ser que ha aumentado la venta de artículos de lujo, vaya novedad; los ricos no padecen las crisis, las provocan, y con gobiernos dedicados a reírles las gracias en forma de descuentos en las aportaciones a las arcas generales, exenciones de impuesto y permisiones varias no extraña que hagan ostentación de su poderío económico. Pero el ciudadano anónimo, el que vive de un sueldo que ve menguar más cada día que pasa, acaba encerrado en casa, comiendo lo justo y viendo más y más televisión, temeroso del futuro, no vaya a ser que los recortes terminen afectándole a él también.
Encerrarse en casa y consumir televisión no es la mejor solución. Tal vez fuera mejor salir a la calle, observar y preguntar. Comprender que depende de las personas anónimas, de miles de personas anónimasl, la opción política que tome las riendas de la situación. Porque, aunque intenten hacernos creer que todas las políticas económicas son iguales, no es verdad. No solucionan lo mismo los unos que los otros, ni ponen los acentos en los mismos lugares. Pero lo que ninguno parece dispuesto a atajar es el problema de la corrupción y el despilfarro, porque con esas armas consiguen los seguidores fieles y abnegados que alaban a quienes les alimentan y denigran a los adversarios.
No es necesario indicar quienes son los buenos y quienes los malos, esa es una opción personal, pero resulta imprescindible tomar partido, salir a la calle y participar, porque la política no es una actividad que deba dejarse en manos de profesionales, porque en política no existen, y no existen porque se trata de una actividad particular, intransferible y necesaria, pues un voto bien pensado y bien depositado, aunque parezca increíble, es un arma de destrucción masiva.
Además de habernos engañado (no cabe consuelo porque fuera en campaña ni porque todos lo hacen) el mutismo del nuevo Presidente del Gobierno sólo puede obedecer al pánico frente al abismo que tiene delante (y recemos para que no sea debido a que aún no se ha repuesto por la sorpresa frente al triunfo). Lo cierto es que el número de parados continua subiendo y las medidas anunciadas parecen destinadas a intentar inflar una nueva burbuja sin el agua jabonosa de la construcción desatada.
Basta pasearse por las calles de las grandes ciudades para comprender que la recesión ha llegado para quedarse entre nosotros, y no sabemos por cuanto tiempo. Las tiendas están vacías, los dependientes tristes y los transeúntes más. Ha desaparecido la fiebre despilfarradora que caracterizaba a este país hace apenas tres años. Si, parece ser que ha aumentado la venta de artículos de lujo, vaya novedad; los ricos no padecen las crisis, las provocan, y con gobiernos dedicados a reírles las gracias en forma de descuentos en las aportaciones a las arcas generales, exenciones de impuesto y permisiones varias no extraña que hagan ostentación de su poderío económico. Pero el ciudadano anónimo, el que vive de un sueldo que ve menguar más cada día que pasa, acaba encerrado en casa, comiendo lo justo y viendo más y más televisión, temeroso del futuro, no vaya a ser que los recortes terminen afectándole a él también.
Encerrarse en casa y consumir televisión no es la mejor solución. Tal vez fuera mejor salir a la calle, observar y preguntar. Comprender que depende de las personas anónimas, de miles de personas anónimasl, la opción política que tome las riendas de la situación. Porque, aunque intenten hacernos creer que todas las políticas económicas son iguales, no es verdad. No solucionan lo mismo los unos que los otros, ni ponen los acentos en los mismos lugares. Pero lo que ninguno parece dispuesto a atajar es el problema de la corrupción y el despilfarro, porque con esas armas consiguen los seguidores fieles y abnegados que alaban a quienes les alimentan y denigran a los adversarios.
No es necesario indicar quienes son los buenos y quienes los malos, esa es una opción personal, pero resulta imprescindible tomar partido, salir a la calle y participar, porque la política no es una actividad que deba dejarse en manos de profesionales, porque en política no existen, y no existen porque se trata de una actividad particular, intransferible y necesaria, pues un voto bien pensado y bien depositado, aunque parezca increíble, es un arma de destrucción masiva.
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