Estamos regresando al pasado. Aunque nos falte el Delorian, volvemos atrás. Esa es la consecuencia que se desprende del anuncio del Ministro de Justicia sobre la manera de acceder al Consejo General del Poder Judicial donde los jueces progresistas, si es que los hay, tendrán vetado el acceso. Además, la proyectada condena permanente revisable para los delitos que provoquen un gran impacto social supone, en la práctica, la creación de la pena de cadena perpetua para aquellos casos que periódicos y televisiones repitan hasta la saciedad.
La Justicia, que se suponía igual para todos, terminará siendo una justicia a la carta y sólo será accesible para quienes puedan costeársela, igual que ocurrirá con la educación y la sanidad. Ese parece ser el camino que, con nuestros votos, hemos elegido, por tanto nada que objetar: cada uno recoge lo que siembra. Parangonando a la alcaldesa de Madrid, si uno siembra manzanas no puede recoger peras, aunque a veces vayamos a por uvas y terminemos recolectando melones.
Indignarse puede ser una opción pero, si la indignación se guarda en el ámbito familiar y no se comparte con otros indignados resultará nula porque la lucha individual sólo conduce a una mayor frustración, también es necesario dotarse de un plan de acción en común con el que enfrentarse a las dificultades. Según parece, el anteproyecto presentado por Ruiz Gallardón a los medios de comunicación es idéntico al que a finales de los setenta presentó su padre, entonces dirigente de Alianza Popular, y que fue rechazado por el Senado. Sin embargo, treinta y tantos años después, vuelven a la carga porque ahora disponen de la mayoría suficiente para aprobarlo. Se trata de una ley retrógrada que nos devolverá a la época de la transición donde los nostálgicos del franquismo fueron apartados de las esferas del poder por los demócratas.
Pero la derecha jamás asume los cambios progresistas y permanece agazapada hasta que las condiciones socio políticas le ayuden a recuperar el poder para deshacer los cambios políticos y sociales que se vio obligada a aceptar pero que no les satisfacen. Sólo los votos puede impedirles que nos devuelvan a la época que más les gusta: el medioevo. Ya lo dijo el hijo de la duquesa de Alba: esa época donde las diferencias se solventaban con la espada. Y donde, añado, los nobles no eran juzgados por los mismo fueros y sólo ellos disponían de la fuerza. Esa sí es fue una época gloriosa... para algunos.
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