Una de las cosas más sorprendentes del mundo en que vivimos es la capacidad que tienen los seres humanos para el autoengaño. A los santos de nuestra devoción les perdonamos cualquier insulto, porque creemos que lo hace por nuestro bien. Por contra, si quien nos engaña es persona non grata, no le toleramos ni las verdades más evidentes, convencidos de que sólo pretende embaucarnos.
Tanto en política y religión, como en ciencia y humanidades, todos tenemos nuestros maestros, a quienes respetamos y seguimos dócilmente porque les creemos infalibles y honrados, incapaces de traicionarnos ni mentirnos. Esa entrega, sólo comparable a la del niño con su madre, termina convirtiéndonos en irracionales. Por la devoción que sentimos hacia maestros y guías espirituales, terminamos perdiendo la razón. No se trata de locura, ni mucho menos, lo que perdemos es la capacidad de raciocinio, de ver el mundo con nuestros propios ojos.
Esa falta de objetividad, cada vez más evidente, propicia la impunidad de los mentirosos. Hacer lo contrario de lo prometido no levanta críticas ni produce el menor menoscabo en las personas; por contra, si la mentira y el engaño reportan beneficios económicos, provoca envidia y admiración. Todos quieren situarse junto al triunfador, aunque el triunfo provenga de la falsedad y del embuste, por si reparte beneficios entre los aduladores.
¿Qué, si no, puede significar el hecho de que, allí donde la especulación y el despilfarro ha campado por sus respetos, los aprovechados no solo han repetido victoria en las elecciones, sino que, en muchos casos han superado las expectativas?
Tengamos ídolos, idolatrémosles, pero mantengamos la cabeza fría para pensar. No tenemos por qué comulgar con ruedas de molino. Porque reconozcamos la viga en el ojo propio no vamos a restarle méritos al líder. Las personalidades se construyen con fracasos y aciertos, no hay hombres infalibles, ninguno. En cuanto hombre todos somos inexactos, inseguros, falibles, y por eso somos diferentes a los animales, por eso nos llamamos racionales, aunque muchos ejemplares se aproximen más a la bestia por su manera de actuar que al humano de quien tienen el aspecto.
Tanto en política y religión, como en ciencia y humanidades, todos tenemos nuestros maestros, a quienes respetamos y seguimos dócilmente porque les creemos infalibles y honrados, incapaces de traicionarnos ni mentirnos. Esa entrega, sólo comparable a la del niño con su madre, termina convirtiéndonos en irracionales. Por la devoción que sentimos hacia maestros y guías espirituales, terminamos perdiendo la razón. No se trata de locura, ni mucho menos, lo que perdemos es la capacidad de raciocinio, de ver el mundo con nuestros propios ojos.
Esa falta de objetividad, cada vez más evidente, propicia la impunidad de los mentirosos. Hacer lo contrario de lo prometido no levanta críticas ni produce el menor menoscabo en las personas; por contra, si la mentira y el engaño reportan beneficios económicos, provoca envidia y admiración. Todos quieren situarse junto al triunfador, aunque el triunfo provenga de la falsedad y del embuste, por si reparte beneficios entre los aduladores.
¿Qué, si no, puede significar el hecho de que, allí donde la especulación y el despilfarro ha campado por sus respetos, los aprovechados no solo han repetido victoria en las elecciones, sino que, en muchos casos han superado las expectativas?
Tengamos ídolos, idolatrémosles, pero mantengamos la cabeza fría para pensar. No tenemos por qué comulgar con ruedas de molino. Porque reconozcamos la viga en el ojo propio no vamos a restarle méritos al líder. Las personalidades se construyen con fracasos y aciertos, no hay hombres infalibles, ninguno. En cuanto hombre todos somos inexactos, inseguros, falibles, y por eso somos diferentes a los animales, por eso nos llamamos racionales, aunque muchos ejemplares se aproximen más a la bestia por su manera de actuar que al humano de quien tienen el aspecto.
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