Charlas en el cerrillo quiere ser un lugar de encuentro para todos aquellos interesados en la palabra escrita. Aquí tendrán cabida ideas, pensamientos, opiniones, anécdotas y relatos. Porque muchas veces las ideas más acertadas, los pensamientos más ingeniosos, las opiniones más certeras y las anécdotas más divertidas acaban perdiéndose por no tener un foro donde ponerse negro sobre blanco. También los relatos, cuando no se dispone de editor, terminan arrinconados en un cajón, razón por la cual muchas buenas historias jamás serán leídas.

domingo, 29 de enero de 2012

Elegido

-¡Hombre! Con tu apellido no podía ser de otra manera. – dijo el Otro.
-¡Calla joder, te van a oír. – replicó el interpelado con agresividad.  Cogió la botella de cerveza por el gollete y se la bebió de un trago, sin respirar.  Era la quinta de la mañana y los efectos del alcohol empezaban a notarse.  Nunca había sido un gran bebedor pero desde hacía un par de semanas se emborrachaba diariamente.  Se levantó con dificultad y caminó hasta la ventana para cerrarla.
-Venga Curro, soy tu amigo, ya lo sabes.
-Lo sé.  Hace muchos años que nos conocemos, pero eso no quiere decir que tengas que saberlo todo sobre mí.
-No es eso.  Pero...
-Lo mismo que todos los demás, sólo has venido por lo que has venido. ¿Quieres una cerveza?
-No deberías beber tanto.
-Si tú no quieres..., yo me voy a tomar otra.- dijo.
El Otro repasó con la mirada la estancia, de cuyas paredes colgaban varios trofeos de caza mayor disecados.  Cornamentas de ciervo y corzo, dientes de jabalíes, y presidiéndola, sobre la chimenea donde un leño ardía y crepitaba, una cabeza de jabalí, tan diestramente trabajada que, el gorrino salvaje, parecía haber atravesado la pared.
Curro regresó de la cocina con una cerveza mediada en la mano derecha y otra entera en la izquierda para su amigo quien permanecía extasiado frente a la cabeza disecada.  A pesar de haberla contemplado muchas veces, seguía mostrándose reacio a darle la espalda, así de amenazante parecía la cabeza del animal.
-¿Da miedo, ¿verdad?
-Hay que tener valor para enfrentarse a un bicho así.- afirmó con respeto el Otro.
-No lo creas, el miedo nos lleva a realizar actos heroicos.- Curro se hundió pesadamente en el sofá y los propios recuerdos.  El verraco que colgaba sobre el hogar se había defendido como el coloso que fue, ni siquiera las dos balas que le atravesaron de lado a lado lomo y barriga consiguieron acabar con su vida, hubo que seguir el rastro de sangre durante tres largas horas entre jaras y peñas.  Escapó por lo más espeso y escarpado del monte, allí donde la maleza era más tupida y abundante, siguió senderos y trochas cientos de veces recorridas por su camada.  El gorrino era grande, no cabía la menor duda, a duras penas le había adivinado en la linde del cortafuegos y le había descerrajado los dos tiros antes de que el animal le tomara el aire.  No sabía si había acertado, como parecía desprenderse del arruar del guarro y del rastro de sangre que iba dejando, o se trataba de una herida superficial.  La experiencia le decía que el animal herido resulta peligroso cuando está herido y se siente acorralado.  Eran muchas las historias que circulaban entre cazadores sobre perros destripados y hombres sorprendidos por guarros heridos.  Ese recuerdo frenó su carrera, concentrando los cinco sentidos en la espesura que tenía frente a él, atento a cualquier ruido, cualquier indicio de peligro.  Otra vez la lucha entre cazador y presa, donde vencía el más astuto, nunca el más fuerte.  Despreciaba las monterías porque le parecían carnicerías donde los señoritos dan rienda suelta a sus instintos atávicos, matando todo lo que se pone a tiro, cientos de piezas abatidas en una jornada de sangre y pólvora.  Curro prefería el cuerpo a cuerpo.  Los colmillos, la velocidad la astucia frente a la escopeta, siempre sólo, a lo sumo en pareja.  Ahí residía la esencia de la caza.  En perseguir a la presa, en descubrir sus porqueras, sus hozaderos, sus sendas, sus abrevaderos, no echarles el aire ni descubrirse hasta el disparo que anuncia la muerte. 
Curro recorría el monte a diario buscando indicios, abrevaderos y ciénagas donde solían acudir a barrearse las piezas de caza mayor.  El conejo, la liebre, la paloma, la perdiz y la tórtola le resultaba un mero ejercicio de tiro, un simple condimento para el arroz dominical.  Durante el tute vespertino las palabras volvían sobre la caza, los rastros, los indicios que los convecinos descubrían y de los que se hacía eco inmediato.  No respetaba vedas ni cotos, Curro cazaba cuando y como quería, sin responder a los requerimientos de forestales ni del Seprona,.
Había seguido el rastro verracos entre jara y madroños muchas veces, pero ese día topó con el animal moribundo en un claro donde el animal había ido a parar desorientado por la hemorragia y el terror.  Acorralado entre grandes riscos por los que le había resultado imposible trepar, la única de escapatoria era regresar por la misma vereda que le había llevado hasta allí, pero el camino se encontraba cerrado por el sudor penetrante del cazador.  El bicho respiraba con dificultad porque había perdido mucha sangre pero estaba dispuesto a presentar batalla, apoyó los cuartos traseros contra las piedras, y se preparó para morir matando.  Curro, enfrascado en la lucha, había olvidado recargar la escopeta, lo recordó al encontrarse frente al gorrino.  Ni había oído el rebudiar del animal que le esperaba jadeante.  Hombre y animal se miraron a los ojos, Curro comprendió que el animal lucharía hasta el final.  Con sangre fría sacó el puñal de la funda antes de que el jabalí le arrollara, armó el brazo y clavó la daga en el cuello, el guarro dio cuatro pasos y cayó fulminado.  Curro se sentó en la barriga del enemigo exánime, le arrancó el puñal del cuello y sintió un tremendo respeto por el animal que yacía a sus pies.
Todos en el pueblo conocían esta vieja historia que le gustaba recordar.  Sin embargo, desde hacía dos semanas, se despertaba sudoroso y temblón,  bebía más de lo recomendable y los placidos sueños se habían convertido en terribles pesadillas.  Había dejado de acudir a su cita diaria con los naipes y se mostraba huraño, taciturno y reservado.  Se reconocía el único culpable, Feliciano, el pastor, le había puesto sobre el rastro.  Feliciano siempre le había indicado donde encontrar las mejores piezas.  Era un buen rastreador pero nunca le había atraído la caza, si acaso algún tableto o algún lazo para la caza menor, pero jamás la escopeta, le atemorizaban las armas de fuego.  No lo dudó.  En cuanto Feliciano le indicó el lugar, quiso reconocerlo.  Estaba claro, por el destrozo junto a la tapia del viejo corral de la Eufemia, un verraco de grandes dimensiones merodeaba por allí.  Recorrió el lugar, evitando dejar el menor rastro de su presencia.  Los guarros son reservados y al menor indicio de peligro huyen.  El corral abandonado, está situado a unos diez metros de la linde del monte, un jaral espeso, pero el contorno había sido arado recientemente y, bajo el chaparro grande, se podía ver la tierra removida.  Antes de aproximarse  a la maleza, dejó caer unos granos de trigo que llevaba en el bolsillo,  con naturalidad, para que pareciera casual y que el instinto del animal no sospechara la celada.  Después reconoció la espesura hasta hallar el lugar por donde saldría el cerdo.  Descubrió tres trochas imperceptibles para miradas poco avezadas, en la segunda de las cuales encontró huellas de pezuñas, ramas rotas y cerdas parduscas en una aulaga.  Buscó un lugar para esconderse y no echarle el aire a la pieza.  Creyó encontrarlo en una peña, dos metros dentro del matorral.  Tuvo que romper un par de ramas para obtener mejor vista del campo.  Tras el reconocimiento se sintió satisfecho, el instinto del cazador se había puesto en marcha.  Al día siguiente volvió al lugar y comprobó que la pieza se había tragado el anzuelo, el trigo había desaparecido y el escarbadero todavía húmedo.   Estaba contento.  Recargó el cebo y volvió sobre sus pasos.
Durante dos semanas repitió el ritual.  Diariamente cebaba el lugar y lo reconocía.  Sólo una noche apareció la tierra sin remover.  Finalmente, la noche del domingo salió con la escopeta escondida.  Quienes le vieron salir adivinaron sus propósitos.
Llegó al otero al caer el sol, cebó la trampa y se encaramó a la peña desde donde dominaba el cebadero, el chaparro, el corral, las tres trochas y el veril por donde podía aparecer el animal.  Hacía frío, así que se arropó con el capote, montó la escopeta mecánicamente, apoyó la espalda contra la piedra, se frotó las manos para desentumecerlas y esperó.
Las horas transcurrieron lentamente pero se mantuvo alerta a pesar del duermevela.  Clareaba cuando el crujir de ramas al troncharse le hicieron echarse la escopeta a la cara.  La pieza se acercaba y, por el ruido, debía ser enorme.  Su instinto y experiencia le aconsejaron encañonar la segunda trocha, donde había encontrado las cerdas enganchadas en la aulaga, apuntó cuidadosamente esperando que el jabalí asomara.  El ruido entre el monte cesó bruscamente y el arruar del marrano le indicó que la presa se alejaba.  Era imposible que el puerco le hubiera tomado el aire porque el viento le refrescaba la cara.  Segundos después de bajar la escopeta, cuando se había resignado a otra noche de espera, escuchó un chasquido y después otro, débiles pero perceptibles al oído de un experto cazador.  Apuntó hacia el sendero más cercano.  Apareció claro y nítido, recortando la silueta sobre el veril.  Lentamente, asustado y temeroso, primero apareció la cabeza negra mirando a uno y otro lado, después un pie y luego el otro.  Cuando alcanzó el claro se levantó y escudriñó el chaparro y el derruido corral.  Curro dudó apenas unos segundos, pero le venció su instinto depredador, apuntó cuidadosamente y disparó. 
El hombre cayó fulminado al suelo.
Una hora pasó Curro subido en la peña, buscando una excusa imposible.  De nada le sirvió pensar que a su hijo le había robado varias veces los moros sin papeles de la plaza,  ni que Maritere les tuviera un miedo atávico, ni las incendiarias declaraciones de la esposa de un político retirado quien, al afirmar que las iglesias acabarían convertidas en mezquitas, atizaba las llamas del odio.  Tampoco las imágenes televisivas de los cientos de desgraciados abandonados a su suerte sobre frágiles embarcaciones.  Ni los rifirrafes entre diferentes comunidades le tranquilizaban.  Nada le sirvió de consuelo. 
Despertó del sopor del alcohol que le había amodorrado incluso en presencia del Otro, y lanzó la botella de cerveza vacía contra la chimenea.
-Es que apellidándote Matamoros no podía ser de otra manera.- dijo el Otro que parecía haberle leído los recuerdos.

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