Charlas en el cerrillo quiere ser un lugar de encuentro para todos aquellos interesados en la palabra escrita. Aquí tendrán cabida ideas, pensamientos, opiniones, anécdotas y relatos. Porque muchas veces las ideas más acertadas, los pensamientos más ingeniosos, las opiniones más certeras y las anécdotas más divertidas acaban perdiéndose por no tener un foro donde ponerse negro sobre blanco. También los relatos, cuando no se dispone de editor, terminan arrinconados en un cajón, razón por la cual muchas buenas historias jamás serán leídas.

viernes, 27 de enero de 2012

El primo Sebas







“Coño, lo que me faltaba.” Dijo mi padre cuando vio a mi primo Sebas llegar de la mano de la vecina del tercero segunda. Ni se dio cuenta de que yo estaba a su lado devorando un tebeo de Hazañas Bélicas. Y si se hubiera dado, no le habría importado mucho, por no decir nada. En aquellos tiempos no reparaban en mandangas, ni en cuidados sobre lo que los niños podíamos escuchar.


Yo acababa de cumplir los trece años y estaba fuertemente influenciado por la cultura beat, por el rock de Leed Zeppelín y Deep Purple, y pensaba que mi primo, cuatro años mayor, que había venido a vivir con nosotros desde el pueblo, era un hombre hecho y derecho. Su estética era la del cateto recién llegado, no sólo porque le encantaba la música de Manolo Escobar y Rafael Farina y porque vistiera bastante hortera, también porque caminaba por la vida con total desfachatez; parecía un caballo desbocado cuando lo moderno era dejarse llevar por la paz que emanaba de los cigarrillos de grifa y hachis. Su gusto musical coincidía con el de mi padre, en todo lo demás chocaban, claro que mi progenitor tampoco soportaba que yo me negara a cortarme el pelo como los hombres, ni que usara tejanos gastados, ni la música estridente que escuchaba a todas horas.


En el pueblo Sebas tenía una novia que bordaba sábanas y manteles, mientras él, en la ciudad, trataba de establecer alguna marca en el arte de la seducción, de lo contrario no podía explicarme que diariamente apareciera con una nueva conquista. La arrogancia y la prepotencia que mostraba al exhibirlas era otro rasgo de su personalidad que irritaba mucho a mi padre. Y a mí, que por entonces le admiraba, me sorprendía su capacidad para engatusar a las mujeres, sobre todo porque era un reto que yo jamás igualaría. 


Nada más llegar a casa se instaló, o le instalaron, en mi cama, entre mi hermano y yo. Compartíamos la cama porque la vivienda era pequeña y nosotros muchos. La única que dormía sola en una habitación era mi hermana mayor, por ser la chica y por ser mayor. Los demás teníamos que compartir catre, primero dos y luego tres, como ocurrió desde la llegada de Sebas. 


Todas las noches, antes de que el sueño nos venciera, el primo nos instruía en el arte de la conquista y otras cosas que desconocíamos. Mi hermano Rafa, el más pequeño, se dormía enseguida, lo que nos dejaba cierta libertad para hablar de mujeres más allá de lo que permitía el conocimiento, la edad y la época. Hablábamos, reíamos y no parábamos hasta que se escuchaba la voz tajante de mi padre invitándonos a dormir o sufrir las consecuencias.


Mi padre no es que tuviera mala leche, no, es que madrugaba y debía mostrarse servicial todo el día. El servilismo le agrió el carácter y, claro, lo pagaba con nosotros. Estaba enojado con la vida y con su destino pero, cuando estaba contento, nos deleitaba con sus batallitas. Yo prefería las de la guerra. Aunque él, cuando contaba algo de los años negros, siempre lo refería como vivencias de héroes anónimos. Héroes en el bando equivocado, olvidados, perseguidos, encarcelados. 


Mi padre, en alguna ocasión, refirió que él también había pasado por el campo de detención de Castuera. Pasó hambre, más que como perdedor, por ser hijo y nieto de campesinos sin tierras. La dura posguerra le dejó un miedo terrible a transgredir las normas. Trocó la fogosidad juvenil  en servilismo. Por eso, cuando vio llegar a mi primo Sebas de la mano de la vecina del tercero segunda, le entró una cólera terrible. 


Conseguir que le adjudicaran la conserjería en la que nos hacinábamos no resultó sencillo. Tuvo que reunir un dinero que no tenía para pagar al administrador del edificio. Hubo de recurrir a familiares, amigos, conocidos y conocidos de conocidos para reunir los veinte mil duros. Cien mil pesetas que aquel ladrón de guante blanco, por no decir otra cosa, se guardó en el bolsillo de la chaqueta con desprecio, sin contar el fajo de billetes que tanto esfuerzo había costado reunir y que endeudó a mi padre con los amigos, casi todos los conocidos y algunos desconocidos.  Siempre tan meticuloso, mi padre, apuntó en un bloc de hojas cuadriculadas y cubiertas azules nombres y cantidades de todos los prestamistas. Luego, mes a mes, bajo la severa supervisión de mi madre, fue devolviendo lo prestado, empezando por los más necesitados y por los más alejados. Devolvió lo prestado privándonos de algunas necesidades básicas. 


Sus funciones como conserje no eran la envidia de nadie, tenía que permanecer servicial y al pie del cañón las veinticuatro horas al día, no disponía ni de tiempo para comer. Cuando él almorzaba yo, por ser el mayor, le relevaba en la vigilancia. En esas horas perdidas del mediodía me aficioné a leer. Como era tímido y reservado pretendía pasar desapercibido y llegué a mimetizarme cual camaleón, de forma que algunos vecinos se quejaron por dejar la garita sin vigía al mediodía. El mimetismo sería la causa de la primera de una serie de durísimas reprimendas, posteriormente, cuando compramos la televisión, vendrían muchas más, porque dejé de escuchar cuando me hablaban, no por descortesía ni mala educación, sino porque la caja tonta absorbía toda mi atención.


Diariamente le sustituía como cancerbero a  la hora que Maritere, la hija adolescente de los del tercero segunda, regresaba del colegio de monjas donde estudiaba, con su falda plisada de cuadros escoceses, su jersey azul marino con cuello de pico sobre camisa blanca, su cara pecosa y su sonrisa adorable. Ella me saludaba cortésmente, ajena a mis ilusiones, y ambos nos ruborizábamos, yo infinitamente más. La adolescencia me reventaba por los poros en forma de espinillas. No estaba enamorado, ni mucho menos, simplemente me excitaban sus rodillas, sus pecas y sus ojos color miel. Si Maritere me gustaba, la que realmente me volvía loco era su madre, a quien siempre recordaré con un abrigo de visón y un vestido negro ajustadísimo, escotadísimo y cortísimo que dejaba adivinar su cuerpo proporcionado, el canalillo entre sus tetas y unos muslos torneados y firmes. La madre de Maritere había tomados por costumbre acariciarme la barbilla cada vez que me hallaba al alcance de su mano. Se burlaba de mi azoramiento y alababa mis ojos azules sin intuir que, con el roce de su mano suave y perfumada, yo me derretía, bebía los vientos por su aroma y la suavidad de su piel, y el recuerdo de lo que podía haber sido y no fue me arrastraba al váter donde daba rienda suelta a mi adolescente ebullición.


El primo Sebas transgredió la primera regla en relación con los vecinos, pero sobre todo con las vecinas: no acercarnos a ellas más allá de lo que la diferencia de clases estimaba correcto. Incumplir las normas paternas nos exponía a su ira. Ira que le resultaba difícil controlar. 


La tarde que el primo Sebas llegó de la mano de la vecina del tercero segunda, mi padre no llegó a pegarle, aunque temí que le soltara algún soplamocos, por la insolencia con la que respondió la amonestación y porque la indignación de mi padre aumentaba minuto a minuto. La bronca Sebas fue de campeonato. Ni siquiera le permitió cambiarse y, con sus hábitos de camarero, chaquetilla blanca y su pantalón negro, le hizo sentar en el sofá cama del comedor y le cantó las cuarenta en bastos. Yo no comprendía la razón de tanto enfado, el incidente no lo merecía. Un hombre en sus circunstancias, que había pasado una guerra y la había perdido, que había pasado hambre y miseria, tenía razones para tan gran enfado. Ni siquiera el miedo a perder el empleo justificaba esa agresividad. 


Yo había visto cómo mi padre y otros conserjes vecinos desnudaban con la mirada a la madre de Maritere, y había escuchado sus comentarios soeces. En la esquina de la calle, se reunían varios porteros de fincas urbanas, para hablar de fútbol, de toros y de mujeres, de otras cosas no hablaban por precaución. Desde su puesto de observación controlaban portales y vecinos, desgranaban vidas y milagros de sus vecinos, y despellejaban a los antipáticos y a los avaros. Entre los habituales, el del número veinticuatro no era muy apreciado, era gallego, del Ferrol y muy reservado y esquivo. Los cancerberos de la calle sospechaban que era confidente de la social, si no de qué un hombre joven y bien parecido pasaría el día haciendo reverencias.


No sé si la bronca fue el motivo que impulsó a mi primo Sebas a odiarnos y alejarse de nosotros definitivamente. No se marchó de inmediato, tardó casi un año, regresó al pueblo y se casó con la novia que bordaba sábanas y manteles, y sólo otra vez volvió a casa de mis padres. Lo hizo a bordo de un flamante Mercedes negro, conducido por un chofer con librea, para demostrar no sé qué a quién. Porque la verdad, si cuando éramos adolescentes me impresionaban su labia y sus conocimientos, la última vez que regresó a nuestras vidas me pareció un perdedor a pesar de sus ínfulas. Siempre le reproché que, cuando las cosas empezaron marcharle viento en popa, no tuviera un detalle con mis padres, quienes le acogieron y alimentaron como un hijo durante todo un año. Pero así son las cosas.


Cuando entró en la cocina, donde yo merendaba, no le reconocí, habían pasado diez años, por su aspecto cansado y cierto rictus de hastío que le ensombrecía la cara. Entró precedido por mi padre, que había envejecido prematuramente por el cáncer que le consumía y del que los médicos nos habían avisado que se acercaba al final. La enfermedad de mi padre no fue el motivo de su visita. Mi padre y él se encerraron en la garita de la portería, cerraron puerta y ventanilla y hablaron un rato largo, sin gritos ni aspavientos. Sin embargo, sus rostros mostraban que la plática era cualquier cosa menos plácida. Esperé algún gesto de reconocimiento por aquello de que habíamos compartido cama y secretos durante un largo año, pero se marchó como había llegado,.


Terminé los estudios de periodismo y, cuando empecé a colaborar en La Vanguardia como redactor de sucesos, me enteré de la historia oculta de mi primo Sebas. De por qué se marchó la primera vez, de lo que ocurrió posteriormente y por qué regresó a lomos de su cochazo. Se lo conté a mi padre en su lecho de muerte y éste se limitó a hacer un gesto de resignación, conocía la historia mejor que yo, pero nunca dijo esta boca es mía, ni a su hermana, la madre de Sebas, ni a su mujer ni a sus hijos. 


Sebas había llegado siendo un palurdo y regresó siendo un truhán, por mucho que su madre le vería siempre como un gran triunfador, incluso después que muriera acribillado a la puerta de su casa al bajar del Mercedes blindado en el que se desplazó los últimos años de vida. Tenía más miedo que vergüenza, y siempre iba acompañado por dos guardaespaldas, ninguno de los cuales hizo nada para defenderle.


Mi padre conoció siempre lo rápido que Sebas recorrió el camino del mal. Ninguno de los trapicheos, de los engaños y de los pequeños hurtos que jalonaron su estancia entre nosotros le fueron ajenos. Trabajar de sol a sol sirviendo mesas no era lo suyo, demasiado cansado para él y una manera lenta de enriquecerse, y Sebas necesitaba dinero con urgencia. Cuando se enteró de las partidas clandestinas de póquer que se organizaban en el bar donde servía mesas, en las que se apostaban grandes cantidades, se las ingenió para participar en las timbas. Como una cosa lleva a la otra, y el primo Sebas carecía de escrúpulos, pronto se vio perseguido por la policía. Sus correrías junto a personajes del hampa le pusieron en el punto de mira de la ley.


Nadie, excepto mi padre, sabía de su delincuencia. Mi padre había recibido la visita inesperada de un inspector que le puso al corriente de las andanzas del primo Sebas y de las compañías que frecuentaba. Por eso mi padre, cuando le vio llegar agarrado de la mano de Maritere, la vecina del tercero segunda, y sabiendo como sabía lo que su sobrino se llevaba entre manos, maldijo su infortunio, sin acordarse de que yo estaba a su lado. Como desconocía lo que se cocía en la cocina de mi propia casa, no entendí la reprimenda por semejante tontería. Intentar enamoriscar a una vecina a quien, por otro lado, a mi no hubiera importado enamorar, ni entonces, ni muchos años después, cuando ella y yo crecimos.


Comprendí por qué mi padre había rechazado el sobre que Sebas le tendió, un abultado sobre lleno de billetes de cinco mil. Con aquél dinero pretendió cerrar la boca de mi padre sobre algunos negocios oscuros. Un año de temores y sobresaltos no se compensan con dinero. Siempre creí que mi padre era pusilánime y adulador, y durante la adolescencia me burlé muchas veces de su figura enjuta y su falta de personalidad. Cómo lo siento ahora que sé la verdad y no puedo decírselo.


Mi padre pensaba que había conseguido despistar a sus perseguidores, pasar desapercibido, que finalmente había borrado su rastro. Tuvo que ocultarse para que el pasado le olvidara. Lo último que necesitaba vigilancia policial por culpa de un sobrino demasiado ambicioso y poco precavido. De la vida oculta de mi padre me enteré cuando sus camaradas cubrieron el ataúd con una enorme bandera roja antes de meterle en la incineradora. Sólo entonces supe que las historias, que siempre atribuyó a otros, eran suyas. Que el héroe era él. Durante el funeral no se derramaron lágrimas. Ni siquiera mi madre se permitió un detalle tan burgués. Ella también pensaba que el mejor homenaje era el silencio grave. Finalmente había dejado de preocuparse por todo y por todos pero, sobre todo, había dejado de sufrir. La muerte le había liberado.

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