Parecía, sólo parecía, que el ruido de sables era un recuerdo del pasado, pero no, la polémica sobre la independencia catalana ha desatado las lenguas de los únicos funcionarios que han visto aumentar su presupuesto en estos tiempos de crisis. Callados están más majos.
La independencia es un asunto únicamente civil, a no ser que se produzca un enfrentamiento armado. Es la sociedad civil quien debe decidir, después de una serena y profunda reflexión, la opción más acertada. No es un tema sencillo, ni baladí. La opción de seguir caminando juntos o separarse definitivamente siempre es dolorosa, aunque se produzca de forma amistosa. Ejemplos recientes de los dos supuestos podemos encontrarlos en Europa: la descomposición de la antigua Yugoslavia se transformó en una guerra cruenta, recordada por su crudeza y los actos criminales que se produjeron, donde los bandos contendientes intentaron aniquilar físicamente al enemigo; y la separación de Checoslovaquia, por contra, que supuso una ruptura pacífica y pactada entre dos comunidades que no lograron comprenderse nunca.
Cataluña, aunque le pese, está en el origen del reino de España. Antes del matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón (y Cataluña) España, como tal, no existía, la península ibérica estaba dividida en cuatro reinos independientes. Fue la nobleza de ambos reinos, apoyada por el clero y el ejército, quien decidió la unión política y económica que ha llegado hasta nuestros días. Plantearse hoy el divorcio, por cuestiones económicas, más que sociológicas o políticas, puede considerarse tan natural, como en su día lo fue el matrimonio de conveniencia.
Dicen que dos no se pelean si uno no quiere. Y no resulta tan evidente que el president de la Generalitat, Artur Mas, pretenda la independencia de Catalunya, nadie le ha escuchado públicamente reivindicarla. El honorable Mas se ha visto inmerso en una escalada dialéctica con difícil salida. La manifestación del 11S tomó un sesgo independentista por la utilización, que la publicidad institucional de la Generalitat, había hecho de la crisis económica, culpabilizando a los demás de los propios errores. Nadie con dos dedos de frente piensa que una Catalunya independiente se habría librado de la crisis. También es cierto que un número importante de catalanes piensa y actúa en términos independentistas. A ellos también hay que escucharles, en la medida en que sus deseos soberanistas convenzan a más ciudadanos habrá que prestarles mayor atención y satisfacer, en gran medida, sus peticiones.
No son maneras las expresadas por el comandante Alamán, ni las del presidente Mariano Rajoy, el recorto, negando el diálogo, tampoco las de Artur Mas lanzando el órdago. Las malas maneras sólo pueden acabar mal.
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