La mancha azul sobre el cristal de la galería fue una desagradable sorpresa, la roja me indignó, la amarilla me intrigó, la verde presuponía un rayo de esperanza para alguien aislado, la blanca descubrió finalmente al causante de mi desasosiego: un adolescente, estrujando la cara contra los barrotes de su balcón, suplicaba conmiseración. Desde que nos conocimos dispara notas de color para contarme sueños, temores y esperanzas, ya nunca juega con el ordenador o la PSP, ni mira la televisión hasta que regresan sus padres, ha descubierto un amigo de carne y hueso con quien hablar, aunque sea a través de las balas coloreadas que envía con su pistola de paintball. Yo me limito a sonreirle.
¿De verdad las viviendas con vistas al patio interior de manzana son más silenciosas y tranquilas? Tengo que comprarme una pistola y contarle mis miedos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario