Quien no llora no mama, dice un dicho. Y nuestra clase política lo ha entendido al revés: nos hacen llorar para seguir mamando. Pero tan mal no pueden estar las cosas cuando aflora el dinero que les interesa. Solo parecen tener problemas de financiación las políticas sociales, aquellas que se dirigen a paliar las diferencias entre ricos y pobres.
Hoy se pone en marcha la anunciada amnistía fiscal para los defraudadores. Hoy por fin quienes han estafado al fisco, y a todos nosotros, podrán lavar su dinero oficialmente. Casualmente la puesta en marcha del perdón coincide con la campaña de declaración de renta con la que tenemos obligación de cumplir TODOS, menos los que cobran en negro, para ellos se ha dictado una ley especial para que paguen únicamente el 10%, un 15% menos, como mínimo, que los que cumplen. Se lavarán los millones que se laven y se recaudará mucho o poco, eso no es lo importante, lo importante es la impunidad en que van a quedar quienes nos han estafado a todos. Porque Hacienda somos todos, también quienes han ocultado dinero usan las escuelas, las carreteras, los hospitales y demás servicios que se mantienen con nuestros impuestos.
A nadie le apetece cumplir con el fisco, porque la gran mayoría no entiende que las cuentas del Estado se mantienen con nuestras aportaciones. El día que la totalidad de los contribuyentes lo entienda, no tolerará ese tipo de perdones. Porque no se perdona a quienes sufren necesidades, los desahucios se cometen contra los que no pueden pagar sus deudas, generalmente personas con dificultades económicas, y se perdonan a los que tienen mucho dinero escondido. El mundo al revés.
¿Cuántos inspectores de hacienda se podrían contratar con el dinero que dicen que va a aflorar? Miles. Miles de personas que podrían perseguir el delito, el fraude y la economía sumergida, y que sacarían a la luz, si no los 90.000 millones de euros que se suponen ocultos, entre el 50% y 70% de esa cantidad. En todo caso, muchísimos más de los que ha calculado que recaudará la Hacienda Pública. Para ello sería necesaria una ley impositiva similar a la de los países democráticos, donde los defraudadores pisaran la cárcel, como la pisan los chorizos que roban un salchichón para comer.
Sin embargo, esa voluntad política no existe, porque los inspectores podrían encontrar nidos de dinero oculto que no interesa sacar a la luz. Así que quien tiene dinero bajo el colchón, lo haya logrado de forma legal o ilegal, lo declarará porque nadie le va a preguntar cómo lo ha conseguido y porque sólo va a pagar por ello un 10%.
Podemos intentar justificarlo como queramos, pero esta ley de perdón va a favorecer a los mismos de siempre, a los que inflaron la burbuja inmobiliaria, desde la constructora y desde el ayuntamiento, y de paso a los narcotraficantes, la trata de blancas y los delincuentes que, por el momento, no hayan sido detenidos. Bravo. ¡Quien durmiera sobre un colchón de billetes de quinientos!
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