El hombre se despertó sobresaltado, con la mano que le colgaba de la litera empapada. La sentina hacia aguas y empezaba a anegar el suelo del camarote. Saltó raudo de su cubil y, cuando alcanzó el suelo, fue consciente de la borrachera de la noche anterior: le dolía terriblemente la cabeza y las piernas apenas lograban mantenerle en pie. El balandro daba fuertes pantocazos, pero ni siquiera el viento de la proa le había despertado. Por un momento sintió un escalofrío en la espalda erizándole los pelos de la nuca. Repasó mentalmente la situación y, a pesar del abotargamiento, recordó que se encontraba a varias semanas del puerto más cercano. Buscó desesperadamente la bomba de achique eléctrica y recordó, para su regocijo, que se había quemado un par de semanas antes cuando intentaba achicar el agua de un velero alemán gobernado por una hermosísima teutona que le había pedido ayuda, sin saber cómo, el pareo que cubría el cuerpo de la mujer se había enredado en la bomba, quemándola, pero a quién le importaba entonces, cuando empezó a oler a quemado, los dos rodaban sobre la teka completamente ajenos a lo que sucedía a su alrededor. Y, como las desgracias nunca vienen solas, el generador eólico se había estropeado dos días después de soltar amarras en Tenerife, última escala antes de lanzarse a cruzar el Atlántico en solitario. Por tanto se imponía una decisión rápida. Primero había que descubrir el origen del problema, evaluar todas las posibilidades y, en caso necesario, lanzar un S.O.S. y rezar para que algún mercante navegara por las proximidades. No le resultó difícil hallar la causa: una pequeña vía de agua bajo el camarote de proa. La fibra de vidrio del casco se había agrietado, como consecuencia de los fuertes pantocazos del balandro. Resolvió salir a cubierta y escudriñar el mar. Abrió el tambucho y sacó la cabeza en el mismo instante que una ola enorme barría la cubierta. El agua desbocada inundó la cabina gracias al tambucho abierto inoportunamente. El patrón perdió el mundo de vista durante unos segundos. Cuando recuperó el aliento observó perplejo que el nivel del agua había subido en el interior. No era cuestión de desesperarse, pero la rabia le salía por los ojos. Regresó al interior de la embarcación que se bamboleaba violentamente, síntoma evidente de que el viento estaba haciéndola virar y atravesándola al viento.
“Sólo falta que se rompa el piloto automático”, pensó mientras se lanzaba hacia la taquilla donde guardaba el equipo de agua. A duras penas tuvo tiempo suficiente de ponerse los pantalones cuando un nuevo roción dobló el nivel de agua dentro del camarote, "mierda", había dejado abierto el tambucho. La cosa empezaba a ponerse seria. Con gran esfuerzo consiguió colocarse la chaqueta de agua y el arnés de seguridad y, sólo había puesto un pie sobre la bañera, cuando una nueva ola le arrastró hasta el balcón de popa. Afortunadamente había fijado el arnés instintivamente y el cabo le retuvo a bordo. Empapado y enfurecido se levantó en el preciso instante en que la vela mayor se rajaba de arriba abajo con gran estruendo. Un sonido nítido a pesar de la fuerza del viento y del mar. No era el momento de abandonar y él lo sabía. “¿De dónde había salido aquella galerna?“ Se preguntaba arrastrándose hasta la proa con la intención de arriar la génova que hacía balancear peligrosamente el barco. El cabo de vida, que le mantenía sujeto al barco, era corto y le impedía arriar la vela que se sacudía violentamente contra todo lo que encontraba a su paso después de soltar la escota que la mantenía tensa. Era necesario soltar el arnés si quería adujarla correctamente e izar el tormentín. Miró el mar bravío y soltó el seguro, se puso en cuclillas esperando el momento oportuno para recuperar la driza de génova. Cuando creyó llegado el momento, se incorporó ágilmente pero, antes de impulsar sus piernas hacia delante, la quilla chocó contra la cresta de otra ola y salió despedido por la borda. Un rayo iluminó la noche. Cuando emergió de las profundidades, sólo pudo observar el barco alejándose, saltando sobre las olas, con el palo mayor iluminado por el fuego de San Telmo, mientras él, como si fuera de corcho, subía y bajaba al ritmo del mar. No intentó nadar para alcanzar la nave, eso le agotaría rápidamente. Sabía que sólo un milagro podía salvarle. En mitad del océano, lejos de todas las rutas comerciales y, cual novato, no había tomado la preocupación de lanzar un S.O.S. Se abandonó a su suerte.
Despertó súbitamente cuando el roción de agua le cayó sobre la cara. Frente a él sonreía, con su boca mellada, el cocinero negro de la goleta. Un tipo gordo y bonachón que siempre estaba de broma. Todo ha sido un sueño, pensó mientras volvía a cerrar los ojos. Se había quedado dormido en cubierta. La noche anterior soplaba una brisa suave y el cielo estaba despejado. Apetecía dormir al raso, contemplando los millones de estrellas que iluminaban el cielo. Bajo la cubierta se escuchaban los lamentos de la carga. Dos semanas antes habían zarpado de Gorea, en la costa africana. Empujada por los alisios la nave bogaba rauda, ajena al sufrimiento de los hombres, mujeres y niños que se hacinaban en sus bodegas. Allí abajo el hedor era nauseabundo y, a veces, empujado por los vientos rolantes, inundaba la cubierta. Mientras dormitaba, el muchacho recibió nuevamente el impacto del olor nauseabundo y pestilente procedente de la bodega. Ni siquiera abrió los ojos, simplemente intentó espantar el hedor con gesto indolente. Tuvo el tiempo suficiente para abrir los ojos y ver como cuatro manos de hierro le asían de pies y brazos, le levantaban en volandas y le lanzaban por la borda. Las miradas de los esclavos se había cruzado con la suya y, por unos segundos, fue consciente de la rabia acumulada en aquellos rostros surgidos de la noche. Desde el mar, donde flotaba como un corcho, vio alejarse la goleta y jamás supo la suerte que corrieron los demás marineros, ni conocería el destino de aquellos desgraciados, que desconocían el gobierno del barco, el manejo de las velas y los principios de la navegación, y que perecieron por inanición mientras el barco navegaba a la deriva. Viendo alejarse el barco el hombre sonrió hasta que recordó que aquél mar estaba infestado de tiburones.
Despertó de la pesadilla en le preciso instante que un fuerte golpe de mar rompía uno de los mamparos del petrolero. Llevaban horas navegando con mala mar y estaban a punto de doblar el Cabo de Finisterre. De hecho los destellos del faro se veían nítidamente. El oleaje era infernal pero el aire era limpio y la vista alcanzaba muchas millas. Subió al puente donde el capitán intentaba establecer contacto por radio con el práctico del puerto. Antes de que nadie se lo ordenase bajó a comprobar los tanques de petróleo. A pesar del fuerte impacto y de la brecha abierta en el casco no había pérdida de carga. Regresó enseguida hasta el puente para informar. Allí se encontró a un encolerizado capitán que gritaba a la radio su indignación. Desde la costa le informaban de que no podía acercarse, que era necesario cambiar el rumbo y dirigirse mar adentro, hacia la tormenta. Propuso que para compensar la escora, de la que informaba el máximo responsable del petrolero, consecuencia de la vía de agua, sería necesario inundar los compartimentos de babor. Aún así, insistían desde tierra a través de las ondas, no existían un puerto con el suficiente calado para admitir un transporte de doscientos metros de eslora y veinte metros de puntal, por lo que insistían en el cambio de rumbo y el alejamiento, antes de que el barco se partiera en dos, encallara en cualquier bajío y produjera una marea negra de incalculables consecuencias. El capitán, contrariado, dio la orden de virar 180º y dirigirse al rabo de nube, no sin antes pedir un transporte para desembarcar a los miembros no imprescindibles de la tripulación. El helicóptero de salvamento marítimo llegó en pocos minutos y fue izando, uno por uno, a los marineros con una guindola corroída por el salitre, el cabo se rompió cuando subía el último marinero, que cayó al mar, y se perdió en las aguas revueltas.
El hombre despertó empapado en sudor y con la mano mojada. Tardó unos segundos en reconocer su cama y su habitación en penumbra. Sin embargo le resultó extraño notar la mano mojada. Se incorporó para descubrir con disgusto que el suelo estaba inundado otra vez. Cuando escuchó la tormenta en el exterior, maldijo su suerte y se prometió que esa sería la última. Estaba decidido a venderla de una vez por todas. Miró el reloj, comprobó que eran las cuatro de la madrugada, y se le escapó una blasfemia. Conocía el ritual que le aguardaba. Su indignación fue mayor cuando recordó que apenas unas horas después debía presentarse al examen para obtener el título de patrón de yate. Las lágrimas de impotencia no le impidieron ver la luz anaranjada del camión de bomberos que aparcaba frente a su casa para achicar el agua de la tormenta.
“Sólo falta que se rompa el piloto automático”, pensó mientras se lanzaba hacia la taquilla donde guardaba el equipo de agua. A duras penas tuvo tiempo suficiente de ponerse los pantalones cuando un nuevo roción dobló el nivel de agua dentro del camarote, "mierda", había dejado abierto el tambucho. La cosa empezaba a ponerse seria. Con gran esfuerzo consiguió colocarse la chaqueta de agua y el arnés de seguridad y, sólo había puesto un pie sobre la bañera, cuando una nueva ola le arrastró hasta el balcón de popa. Afortunadamente había fijado el arnés instintivamente y el cabo le retuvo a bordo. Empapado y enfurecido se levantó en el preciso instante en que la vela mayor se rajaba de arriba abajo con gran estruendo. Un sonido nítido a pesar de la fuerza del viento y del mar. No era el momento de abandonar y él lo sabía. “¿De dónde había salido aquella galerna?“ Se preguntaba arrastrándose hasta la proa con la intención de arriar la génova que hacía balancear peligrosamente el barco. El cabo de vida, que le mantenía sujeto al barco, era corto y le impedía arriar la vela que se sacudía violentamente contra todo lo que encontraba a su paso después de soltar la escota que la mantenía tensa. Era necesario soltar el arnés si quería adujarla correctamente e izar el tormentín. Miró el mar bravío y soltó el seguro, se puso en cuclillas esperando el momento oportuno para recuperar la driza de génova. Cuando creyó llegado el momento, se incorporó ágilmente pero, antes de impulsar sus piernas hacia delante, la quilla chocó contra la cresta de otra ola y salió despedido por la borda. Un rayo iluminó la noche. Cuando emergió de las profundidades, sólo pudo observar el barco alejándose, saltando sobre las olas, con el palo mayor iluminado por el fuego de San Telmo, mientras él, como si fuera de corcho, subía y bajaba al ritmo del mar. No intentó nadar para alcanzar la nave, eso le agotaría rápidamente. Sabía que sólo un milagro podía salvarle. En mitad del océano, lejos de todas las rutas comerciales y, cual novato, no había tomado la preocupación de lanzar un S.O.S. Se abandonó a su suerte.
Despertó súbitamente cuando el roción de agua le cayó sobre la cara. Frente a él sonreía, con su boca mellada, el cocinero negro de la goleta. Un tipo gordo y bonachón que siempre estaba de broma. Todo ha sido un sueño, pensó mientras volvía a cerrar los ojos. Se había quedado dormido en cubierta. La noche anterior soplaba una brisa suave y el cielo estaba despejado. Apetecía dormir al raso, contemplando los millones de estrellas que iluminaban el cielo. Bajo la cubierta se escuchaban los lamentos de la carga. Dos semanas antes habían zarpado de Gorea, en la costa africana. Empujada por los alisios la nave bogaba rauda, ajena al sufrimiento de los hombres, mujeres y niños que se hacinaban en sus bodegas. Allí abajo el hedor era nauseabundo y, a veces, empujado por los vientos rolantes, inundaba la cubierta. Mientras dormitaba, el muchacho recibió nuevamente el impacto del olor nauseabundo y pestilente procedente de la bodega. Ni siquiera abrió los ojos, simplemente intentó espantar el hedor con gesto indolente. Tuvo el tiempo suficiente para abrir los ojos y ver como cuatro manos de hierro le asían de pies y brazos, le levantaban en volandas y le lanzaban por la borda. Las miradas de los esclavos se había cruzado con la suya y, por unos segundos, fue consciente de la rabia acumulada en aquellos rostros surgidos de la noche. Desde el mar, donde flotaba como un corcho, vio alejarse la goleta y jamás supo la suerte que corrieron los demás marineros, ni conocería el destino de aquellos desgraciados, que desconocían el gobierno del barco, el manejo de las velas y los principios de la navegación, y que perecieron por inanición mientras el barco navegaba a la deriva. Viendo alejarse el barco el hombre sonrió hasta que recordó que aquél mar estaba infestado de tiburones.
Despertó de la pesadilla en le preciso instante que un fuerte golpe de mar rompía uno de los mamparos del petrolero. Llevaban horas navegando con mala mar y estaban a punto de doblar el Cabo de Finisterre. De hecho los destellos del faro se veían nítidamente. El oleaje era infernal pero el aire era limpio y la vista alcanzaba muchas millas. Subió al puente donde el capitán intentaba establecer contacto por radio con el práctico del puerto. Antes de que nadie se lo ordenase bajó a comprobar los tanques de petróleo. A pesar del fuerte impacto y de la brecha abierta en el casco no había pérdida de carga. Regresó enseguida hasta el puente para informar. Allí se encontró a un encolerizado capitán que gritaba a la radio su indignación. Desde la costa le informaban de que no podía acercarse, que era necesario cambiar el rumbo y dirigirse mar adentro, hacia la tormenta. Propuso que para compensar la escora, de la que informaba el máximo responsable del petrolero, consecuencia de la vía de agua, sería necesario inundar los compartimentos de babor. Aún así, insistían desde tierra a través de las ondas, no existían un puerto con el suficiente calado para admitir un transporte de doscientos metros de eslora y veinte metros de puntal, por lo que insistían en el cambio de rumbo y el alejamiento, antes de que el barco se partiera en dos, encallara en cualquier bajío y produjera una marea negra de incalculables consecuencias. El capitán, contrariado, dio la orden de virar 180º y dirigirse al rabo de nube, no sin antes pedir un transporte para desembarcar a los miembros no imprescindibles de la tripulación. El helicóptero de salvamento marítimo llegó en pocos minutos y fue izando, uno por uno, a los marineros con una guindola corroída por el salitre, el cabo se rompió cuando subía el último marinero, que cayó al mar, y se perdió en las aguas revueltas.
El hombre despertó empapado en sudor y con la mano mojada. Tardó unos segundos en reconocer su cama y su habitación en penumbra. Sin embargo le resultó extraño notar la mano mojada. Se incorporó para descubrir con disgusto que el suelo estaba inundado otra vez. Cuando escuchó la tormenta en el exterior, maldijo su suerte y se prometió que esa sería la última. Estaba decidido a venderla de una vez por todas. Miró el reloj, comprobó que eran las cuatro de la madrugada, y se le escapó una blasfemia. Conocía el ritual que le aguardaba. Su indignación fue mayor cuando recordó que apenas unas horas después debía presentarse al examen para obtener el título de patrón de yate. Las lágrimas de impotencia no le impidieron ver la luz anaranjada del camión de bomberos que aparcaba frente a su casa para achicar el agua de la tormenta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario